Compañero de cuarto

Venía todas las noches a las once. Entraba fatigado y transparente, arrastrando cadenas y se detenía en una esquina de mi cuarto, mientras miraba fijo hacia mi cama.

Su insistencia me conmovió. Venciendo mi temor me acerqué, lo tomé de su brazo y, con gesto diligente, lo recosté en mi cama, cobijándolo.

Durante el mes que durmió a sus anchas, mejoró muchísimo… Mientras yo, resignada pasaba fríos en el sofá.

Desde que le hablé del pago compartido en la renta de mi departamento… no lo he vuelto a ver.

Enriqueta Nava Gómez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 188

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