
Llevaba andando mucho tiempo a través de callejuelas anodinas de la ciudad. Buscaba una dirección que tenía grabada en su pensamiento, y confiaba encontrarla, aunque aún tuviera que atravesar bastantes charcos repugnantes.
Apenas se detenía un momento para leer las placas de las calles, guiándose así en la dirección que creía correcta. En seguida se ponía en marcha, sin reparar en los escasos transeúntes, ni en los curiosos detalles que siempre ofrece un paseo por la ciudad, sobre todo cuando se tiene prisa.
Por fin, llegó a la plaza recoleta que estaba al fondo de la calle. En el centro de la pared de enfrente había una puerta y encima un número que correspondía con la dirección que tan bien se sabía.
En su mano tenía la llave, que, junto con la dirección había recibido por correo, y ya no le quedaba otra cosa que hacer sino abrir la puerta y salir de dudas.
Metió la llave en el agujero y dio media vuelta. Tiró de la puerta y empezó a abrirse.
Existen tres versiones del resultado. La primera es que, al abrirla, creyó encontrarse ante un espejo, pero que en realidad estaba ante un retrato suyo.
La segunda, que se encontró ante un muro.
Y la tercera, que la puerta se movía tan despacio que desistió antes de poder mirar dentro, aunque fuera por una rendija.
Antonio Fernández Molina
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 381