El pueblo idiota


En aquel pueblo la cojera se considera elegante y, cuando nacían, a los niños les cortaban el pie izquierdo.

Alguien pensó que era una costumbre bárbara, pero se calló por temor a las burlas y a las represalias.

Pasados muchos años se atrevió a decirlo. Le abofetearon, le escupieron. Terminaron por matarle a pedradas.

La sabiduría de los antiguos introdujo esta práctica sanitaria. Regular el riego sanguíneo. Sin esta mutilación la vida sería insoportable. Todo se explica. Las mujeres están mejor dotadas por la naturaleza. La menstruación…

Y hablan, hablan, hablan…

A. F. Molina
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 454

La carta


Entre todas las cartas que llegaron aquel día había una que no quise abrir.

Así ha quedado.

La carta envejece y he de alimentarla.

La lavo, la coso, la plancho, la afeito. Discutimos. A veces he de amarla. Nos abrazamos enternecedoramente.

No es un símbolo pero parece que el tiempo pasa más de prisa para ella. Algún día me complaceré en asesinarla.

A. F. Molina
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 416

Los ojos

Un día creyó tener síntomas de transtornos mentales o pasajeras alucinaciones hasta que descubrió un ojo en su nuca que siempre había permanecido cerrado.

A partir de ese momento podía abrirlo a voluntad o simularlo bajo un mechón de pelo. Sin embargo, siguiendo un impulso irresistible, tomó la gruesa colilla de un puro que alguien tiró a sus espaldas y con absoluta precisión aplicó la brasa en el ojo. El dolor fue intenso pero luego le siguió la cicatrización y el alivio.

Desde entonces al momento de levantarse le siguen unos instantes de inquietud. Se coloca desnudo ante el espejo e inspecciona cuidadosamente los síntomas de posibles brotes de nuevos ojos. El alivio de no encontrarlos le sirve para pasar el día. Pero a veces se siente desasosegado al anochecer y sus sueños no son tranquilos.

A. F. Molina
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 753

Escalones

Llega al portal de la casa de un amigo. Para visitarle tiene que subir cuarenta y siete escalones. Sube el primero y desciende, Asciende dos escalones y vuelve a bajar. Luego cuatro y baja de nuevo… Y así, después de cada descanso, va subiendo hasta alcanzar un escalón más.
Cuando ha descendido desde el escalón cuarenta y seis decide no hacer el último esfuerzo aunque no siente el menor cansancio.

A. F. Molina
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 740

La puerta


Llevaba andando mucho tiempo a través de callejuelas anodinas de la ciudad. Buscaba una dirección que tenía grabada en su pensamiento, y confiaba encontrarla, aunque aún tuviera que atravesar bastantes charcos repugnantes.

Apenas se detenía un momento para leer las placas de las calles, guiándose así en la dirección que creía correcta. En seguida se ponía en marcha, sin reparar en los escasos transeúntes, ni en los curiosos detalles que siempre ofrece un paseo por la ciudad, sobre todo cuando se tiene prisa.

Por fin, llegó a la plaza recoleta que estaba al fondo de la calle. En el centro de la pared de enfrente había una puerta y encima un número que correspondía con la dirección que tan bien se sabía.
En su mano tenía la llave, que, junto con la dirección había recibido por correo, y ya no le quedaba otra cosa que hacer sino abrir la puerta y salir de dudas.

Metió la llave en el agujero y dio media vuelta. Tiró de la puerta y empezó a abrirse.

Existen tres versiones del resultado. La primera es que, al abrirla, creyó encontrarse ante un espejo, pero que en realidad estaba ante un retrato suyo.

La segunda, que se encontró ante un muro.

Y la tercera, que la puerta se movía tan despacio que desistió antes de poder mirar dentro, aunque fuera por una rendija.

Antonio Fernández Molina
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 381

Mi cama


Mi cama despierta en cuanto me tiendo y cierro los ojos. Entonces la acompaño en sus correrías.

Tiene distintas transformaciones. Se convierte en un coche de carreras, luego en la mesa servida de un restaurante. Al mismo tiempo siempre es una mujer hermosa.

De madrugada volvemos a la habitación y hasta muy entrado el día somos una amorosa pareja.

Y nunca ha dejado de prepararme el desayuno.

A. F. Molina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 194

La promesa


Un día el joven escritor hizo una promesa: sembraría un árbol por cada poema que creara.

Pasó el tiempo, el escritor murió. No dejó ningún libro publicado ni algún manuscrito. Entre sus pocas pertenencias se encontró el título de propiedad de un inmenso bosque en medio de un páramo.

A. F. Molina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 177