El primer hombre

Desde los espacios infinitos, a través de la transparente secuencia de los siglos, llegaron puntuales a la cita, tal como se había acordado en el principio y, sin embargo, nadie los esperaba, la cima donde lo dejaron entonces y donde quedaron en recogerlo estaba vacía; a sus pies, todo alrededor, bullía el silencio, más allá, en la distancia, se desmoronaban civilizaciones, historia, ciudades, eclipses, rumores, tiempo; sin duda había escogido quedarse, permanecer, perpetuarse en el caos; abordaron entonces la nave y partieron de regreso, esta vez para siempre. Ignoraban (errores de la cibernética) que era el Año Internacional de la Mujer.

Ana F. Aguilar
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 391

La resentida o así se pasa la vida

Una hermosa mañana de primavera, antes de bajar a cocinar, le sacó punta a su lápiz y se sentó por un rato a escribir. Empezó: lista de agravios que me ha hecho la gente (se terminó tres lápices). Lista de agravios que me ha hecho la vida (cargó cinco veces una pluma fuente). Lista de agravios que me ha hecho Dios (cargó la pluma otras dos veces). Lista de agravios que me ha hecho mi marido (acabó con tres bolígrafos), y no terminó todo lo que tenía que escribir. Pero ya estaba cansada, su mano, temblorosa, arrugada, sin fuerza, no daba para más; los ojos, cada vez más débiles, le ardían, se levantó con las piernas tiesas, encorvada, y apoyándose de las paredes y muebles que encontró a su paso llegó hasta la caja, forrada de terciopelo, que la esperaba en medio de la pieza. Se acomodó en ella, cruzó los brazos sobre su pecho y cerró los ojos. Más tarde alguien de la familia prendió las cuatro velas.

Ana F. Aguilar
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 331

El cumpleaños adulto o los treintaitantos

Llegaron cargados de pasteles con velitas, regalos inútiles, besos y abrazos, flores, fotos, muchas fotos, buenos deseos. Pero ella, sin darse cuenta de su presencia, siguió sentada, sola dentro de ella misma, sola en toda la casa, absorta en una novela policiaca.

Ocasionalmente se levantaba a contestar el teléfono. La conversación era siempre la misma: “Gracias —tu siempre tan amable— a estas alturas más vale ni acordarse de que tiene uno un año más —no, no voy a hacer nada, mi muchacha se fue al pueblo por tres días— si, de verdad, es lo mejor —muchas gracias— saludos a todos”.

Y el tumulto bullicioso de recuerdos invadía insistente la soledad de su casa. Pero todo fue inútil. Ella siguió adelante con su lectura — a pesar de las voces de sus padres, ya muertos, y los gritos y las risas de sus amigas, desaparecidas a través de los años, y los abrazos de sus hermanos y tías y primas, tan ocupados ahora, tan llenos de compromisos ineludibles. Por fin supo quien era el asesino, nunca se lo hubiera imaginado. Sonrió intrigada y satisfecha, sin percatarse que las velitas de los pasteles se habían derretido todas y las serpentinas y las fotos se decoloraban irremediablemente y el papel de china de los regalos, ajado y roto, ya no servía para nada. Se levantó a preparar la cena. Cuando su marido llegó en la noche, la besó con el cariño de siempre y le dio un billete doblado en cuatro. “Te compras lo que quieras, mi vida; yo no tuve tiempo”, le dijo. Ella le sonrió agradecida, cenaron tranquilos, con apetito, y en los rincones, por debajo de las puertas, detrás de los cuadros, los recuerdos terminaron por desaparecer, uno a uno, ofendidos porque nadie los había tomado en cuenta, dolorosamente concientes, por vez primera, de su anacronismo e inutilidad en la vida de ella —su madre y su hija, su patria— razón de ser y no ser de ellos, los recuerdos que se tienen que olvidar.

Ana F. Aguilar
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 267

Los costumbristas

En el closet donde guardaban los impermeables, el paraguas y la aspiradora, tenían una hermosa colección de máscaras, no muchas y de poca variedad pero de indiscutible buen gusto. Eran las máscaras de la felicidad.

Y cada día, al salir él para su trabajo y ella a hacer las compras o visitar a sus amigas, abrían las puertas del closet, tomaban al azar una de las máscaras y se la colocaban sin titubeos sobre la desnudez de sus rostros. Así protegidos salían a enfrentarse con la vida diaria. Cada noche, al recogerse en la intimidad de su hogar, poco antes o poco después de lavarse los dientes, se despojaban de sus respectivas máscaras y las guardaban nuevamente en el closet.

Pero sucedió lo que tenía que suceder: una noche ambos se olvidaron de quitarse las máscaras. Durmieron y se bañaron con ellas puestas e inclusive él se rasuró así. Hasta los dos o tres días cayeron en cuenta de su olvido. Pensaron despojarse de sus máscaras esa noche pero se les volvió a pasar. A la semana notaron que el material de las máscaras se había desgastado en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos, como que se estaba diluyendo y mezclando con su propia piel, es decir, se estaba incorporando suave e irremediablemente a sus rostros.

A fines de ese mes empezaron las primeras lluvias y al sacar los impermeables y el paraguas encontraron que el resto de su hermosa colección de máscaras se había convertido en un montoncito de fino polvo rojizo. Usaron la aspiradora para desaparecerlo y se fueron de vacaciones a Acapulco.

El sol, el aire de mar, y las develadas terminaron el proceso de integración. Ahora se están despellejando pero todavía se ven felices, inclusive cuando están leyendo los dos solos el periódico.

Ana F. Aguilar
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 512

¿Demagogias a mí?

(Cuento costumbista)

Había una vez un hombre y una mujer que vivían felizmente enajenados en una esteriotipada aunque hermosa zona residencial, enclavada entre los escombros cotidianos de la sociedad de consumo.

Él llevaba el pelo corto, se rasuraba todos los días y trabajaba de sol a sol, supervisando el diseño y fabricación de unos remotos objetos terriblemente útiles. Ella hacía dieta para adelgazar (justo cuando lo de Biafra) y compraba cosas y más cosas que se empezaban a gastar apenas pagaba por ellas y no servían cuando las trataba de usar.

Y, sin embargo, había armonía en su vida diaria, ambos se querían y se gustaban mucho y sabían gozar de su mutua compañía, a pesar del espíritu materialista de la época, de la estética oficial, del anquilosamiento del monopolio político, de la crisis de valores, de la despiadada presión de la competencia, del mercantilismo de los medios informativos, de la carencia de identidad, etc. etc. etc.

Condenados como mexicanos tipo a inventarse una máscara que los protegiera de la mirada ajena, vivían su soledad y desamparo aturdiéndose con la pedestre propaganda comercial y política, aferrados a los restos de un sistema inoperante por caduco. Ingenuos y optimistas creían estar gozando de los beneficios sociales de una Revolución sin darse cuenta que ésta blablabla para favorecer los intereses blablabla de una burguesía decadente, motivada por la producción en serie y el culto al artefacto.

Leían sobre guerrillas urbanas, presos políticos o manifestaciones de protestas y como si nada, al rato andaban cantando un comercial de refrescos embotellados. Amaban, respetaban y admiraban la solidez, la higiene, la disciplina y los lugares comunes. Hablaban con los adolescentes a través de una ventana pero nunca entendían nada. Se reían de los espejos y de la realidad ontológica y hasta dudaban que la abyección del hartazgo sobrepasara a la de la abyección.

Murieron felizmente inconcientes cuando una noche, al regresar del cine, la brecha generacional se abrió entre ellos y se los tragó con todo y auto.

Ana F. Aguilar
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 715

La tribu perdida

Cuando bajaron de los árboles ya eran hombres. Temerosos y torpes en el principio, la curiosidad y el arrojo los fueron haciendo agricultores, artistas, comerciantes, científicos, hasta llegaron a la luna y regresaron.

Pero ya para entonces las mujeres habían subido a los árboles. Desenvueltas y confiadas en el principio, aprendieron a cocinar, lavar ropa, barrer y sacudir, tener hijos. La costumbre hizo el resto. Y su rastro se perdió durante el último Diluvio.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 333

El culpable

Llegó muy acalorada de hacer sus compras, acomodó la carne y las verduras en el refrigerador y se sentó a descansar en la sala. Y entonces se dio cuenta, así de repente, que ya había leído tocas, absolutamente todas las novelas de Ágata Cristie. Una agobiante sensación de soledad y desamparo se apoderó de ella. Y ni a quién echarle la culpa. ¿A la editorial? ¿A los de la Librería de Cristal de a la vuelta de su casa?

Se quedó terriblemente quieta mientras en su interior bullían de súbito y al mismo tiempo más que recuerdos, evocaciones tenues y frágiles: sus miedos de niña, sus insomnios de adolescente, sus frustraciones de juventud, los encabezados de los periódicos.

Se levantó tarareando Love is Blue, se colocó con mucho arte una peluca rubia, cambió radicalmente su maquillaje, se colocó un par de guantes viejos y buscó en el buró de su marido, hasta encontrarlo, el veneno que éste usaba para lavarse los pies, como parte de un tratamiento que seguía para combatir el pie de atleta.

Pero entonces titubeó. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A quién? Además esa noche tenía invitados a cenar. De inmediato sus ojos se iluminaron, nuevamente confiados y serenos. Se sentó y escribió a máquina una nota, por supuesto anónima, a renglón abierto y con mayúsculas sostenidas en la que le mentaba la madre, con palabras decididamente folklóricas, a la persona que recibiera la misiva. La dobló y la guardó en un sobre que dirigió a conocido financiero. Cuando fue por el pan la echó en el primer buzón que encontró. Esa noche quiso mucho a su marido.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 297

Los que empedraron el camino

Era una editorial de buenas costumbres, hija de una familia decente y respetable. Su único capital, heredado desde el Apocalipsis y acrecentado a través de generaciones, era inteligencia y buena voluntad. Anhelaba la paz entre los hombres —el entendimiento y la tolerancia— y eso que no era época de Navidad ni había estadistas en su staff.

Decidieron entonces organizar un Concurso. El público respondió como un solo hombre, todos, absolutamente todos los que sabían leer y escribir en ese país quisieron participar: profesionistas, hombres de negocios, amas de casa, empleados, estudiantes, obreros, maestros; los de derecha, los de izquierda, los del centro, los de arriba, los de abajo; la clase media, los ricos nuevos, los viejos pobres, el poder juvenil, los burócratas, los extranjeros; los satisfechos, los añorantes, los ofendidos, los ociosos, los ilusos, los rebeldes. Todos se pusieron a escribir y enviaron sus múltiples y variadas contribuciones al Concurso.

Simultáneamente algo inusitado empezó a acontecer en todo el país. La gente estaba menos irritable y tensa, esto saltaba a la vista en las calles, las tiendas, las oficinas públicas. Todos parecían más relajados. Y los psicólogos, psiquiatras y demás directores espirituales empezaron a quedarse solos. El servicio de correos triplicó sus turnos y las papelerías se volvieron el negocio más próspero. La gente tomó un aspecto muy curioso: se veían vacíos, limpios de inhibiciones, resentimientos, obsesiones y deseos frustrados. Las estadísticas señalaron una baja notable en los actos de violencia pública y en el ámbito privado disminuyeron a lo mínimo las reyertas conyugales y demás fricciones de índole familiar.

La editorial estaba en el apogeo de su actividad y de su gloria profesional, no importaba el trabajo y el sacrificio que esto implicara mientras así vieran colmados sus más caros anhelos espirituales. Sin embargo, una extraña descomposición empezó a hacer presa de ella. Tal parecía que todas las angustias y tensiones, recuerdos y vivencias de que se habían librado los participantes del Concurso los habían asimilado de tal modo los encargados del mismo que los hicieron suyos durante la lectura y clasificación de los trabajos. Y ahora, más que en carne en alma propia, un solitario grupo humano sufría las consecuencias; el peso fue demasiado y el flujo y reflujo de imágenes más que incontenible era insoportable. En realidad no renunciaron en masa, se los llevaron a todos a una casa en el campo. La editorial cerró el Concurso y entregó el premio, como donativo, a la Asociación Nacional de Salud Mental. Los habitantes del país se fueron olvidando del mal hábito de escribir. Y la pátina del tiempo y el polvo hicieron el resto.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

El día perdido

Hoy fui a devolverle su paraguas a una amiga de por mi rumbo, no estaba, lo dejé con su sirvienta pero ésta no me reconoció, lo tomó de mis manos con desconfianza y vio a través de mí como si yo fuera transparente, me eché a caminar por la calle desconocida y familiar, dos, tres cuadras, luego una a la derecha, cruzo la avenida y doy vuelta a la izquierda pero allí no está mi casa, son la calle y los árboles de siempre, los mismos perros, el mismo aire, tal vez ya no sea la misma, sigo caminando y paso frente a la casa que no es mi casa, todo se ve en orden, el tapete del baño se seca en la ventana, llego al parque, lo atravieso, alguien me llama y volteo, es una vecina que se equivocó y se disculpa sonriente y apenada, Ana había dicho y ese es mi nombre, la conozco, vamos a la misma clase de cocina. Entro a la tienda de la esquina para comprar una lata de chícharos y salgo con una cajetilla de Raleigh, no me entendieron. Extiendo mis manos y la luz del sol hace brillar mi argolla de matrimonio, hago el intento pero no puedo recordar a mi marido, tan lindo y tanto que lo quiero, todavía esta mañana, a la hora del desayuno… es inútil, mejor sigo caminando. Definitivamente hoy no soy yo.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 515

Raices

“¿Dónde está tu jardín?”, le preguntaron una vez sus padres cuando era chica. “No sé, por ahí debe estar, o tal vez lo perdí”, les contestó. Ya no recuerda si la regañaron por su descuido y sólo sabe que estuvo triste durante muchas horas o días, quizá meses.

El caso es que creció y fue a la escuela, trabajó muchos años en una oficina, leyó, viajó, quiso y dejó de querer, se admiraba de todo o casi todo, a veces se aburría, llegó a sentirse sola, tenía muchos amigos, soñaba paisajes interiores, manejaba su auto con cuidado. Escribía en sus ratos de ocio, que eran muchos, acerca de todo lo que no le sucedía, por lo tanto escribía sin cesar. Por un tiempo creyó que lo que buscaba era un camino, luego pensó sucesivamente que era a Dios, el Amor, la verdad, un hombre, un hogar, la libertad.

En esas andaba, confusa pero contenta, cuando se casó. Es muy feliz. Ahora busca cosas más concretas: criadas, recetas de cocina, tratamientos de belleza, electricistas, jardineros, tintorerías buenas.

No se había vuelto a acordar de él, ni siquiera cuando había reminiscencias de su infancia o cuando le enseñaba a su marido su álbum de fotos de aquella época. Y una noche que regresaba de comprar el pan, al alzar la vista, vislumbró su jardín perdido en el fondo inmediato de una hermosa noche estrellada. Allí estaba, como un puerto. Al mismo tiempo verde, azuloso, dorado, ocre y sepia, pasado de moda, familiar y querido, dulce dolorosa impalpable realidad hecha visión. En un instante lo aprehendió, lo hizo suyo nuevamente y lo conservó, húmedo y susurrante, en la tibieza de su interior.

Esa noche intentó comunicar su hallazgo a su marido pero al rato de estar conversando con él se le olvidó. Había pequeñeces tan importantes que discutir. Al día siguiente no recordaba qué es lo que tenía que contarle a su marido: un sueño, un presentimiento, una mentira. Dejó de pensar en ello y se puso a hacer cuentas: esa quincena le había sobrado dinero, se sentía contenta, con la piel tensa, como si tuviera el cuerpo lleno de canciones de protesta y pinturas abstractas. A los nueve meses tuvo un hijo.

Ana F. Aguilar
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 147