El hombre sin carga

Un monje le preguntó a Tchao Tchú:

—¿Qué debe hacer un hombre que no lleva nada sobre él?

—Que lo tire lejos —afirmó Tchao Tchú.

—¿Qué debe tirar si no lleva ninguna carga?

—En ese caso, que continúe llevándola —repuso Tchao Tchú.

Budismo Chan
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 65

La muerte del último hijo


Tung-men Wu, del reino de Wei, perdió a su último hijo pero no dio muestra alguna de dolor; pasaron los días y él continuó comportándose como siempre, ni siquiera guardó el luto acostumbrado. Al ver esto, un vecino le reclamó su insensibilidad. Tung-men Wu le dijo:

—Hubo un tiempo en que yo vivía sin hijos y no estaba acongojado. Cuando murió mi último hijo volví a estar como antes. ¿Por qué debo estar triste?

Tradición taoísta
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 16

Telefonazo de computadoras

Un cerebro electrónico, domiciliado en Bruselas, no podía con un problema. Entonces el cerebro electrónico llamó por teléfono al Centro de Cálculos de Oslo, en donde una calculadora de gran potencia le dio la solución al cerebro electrónico de Bruselas. Por primera vez en la historia de los ordenadores, dos “computadoras” se telefoneaban a larga distancia, sin ninguna intervención humana. Esto acaba de ocurrir en este mes de abril de 1965.

(sin crédito autoral)
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 607

Robots orientales


Junto a las paredes de la sala había una fila de estatuas vestidas como personas y que movían los brazos y las piernas de un modo asombroso, y en su interior tenían un mecanismo que les hacía cantar y bailar como verdaderos hijos de Adán.

Anónimo (En Las mil y una noches)
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 519

Ensayo eterno


Siempre me sucede lo mismo: peino largamente mis cabellos, me maquillo, pinto mis labios, aplico un toque de viveza en mis ojos con rimel negro, mi cuerpo lo rocío con perfume delicado, elijo el mejor y más vistoso de mis vestidos y, por último, las más fina zapatillas… cuando me dispongo a salir, un miedo terrible me impide abrir la puerta.

Una vez más, prefiero quedarme encerrado en casa por temor a que lo sepan.

Anónimo
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 77

El hombre que no vio a nadie


Había un hombre en el Reino de Chi que tenía sed de oro. Una mañana se vistió elegantemente y fue a la plaza. Llegó al puesto del comerciante en oro, se apoderó de una moneda y trató de escapar.

El oficial que lo aprehendió le preguntó:

—¿Por qué robasteis el oro en presencia de tanta gente?

—Cuando tomé el oro —contestó— no vi a nadie. Solamente vi el oro.

Recogido por Idries Shah
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 561