Mujeres desde el aire

Desde el vacío, las estrías verdes coincidiendo en los ojos, la tez morena instalándose en la piel. De pronto su pelo y es inútil pronunciarlo. Luego el círculo que la reúne y ya no podemos creer en la estatua desnuda. Sólo el árbol que la cubre, sólo ella que no se concibe. Hay que correr frente a su mirada para descubrir que todo alejamiento acerca las distancias, hay que detenerse lentamente para comprobar si el cuerpo que está ante nuestros ojos ha sido posible. Ya no nos cabe la duda: una mujer acaba de generarse en el aire.

Antonio López Ortega
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 82

La noche

Desde pequeño he querido ser como la noche. Todos los días, después del crepúsculo, cenaba y salía hacia las rejas del corral, quedándome hasta bien entrada la madrugada. Buscaba los mil y un métodos para ser como ella, para entrar en ella, pero siempre regresaba frustrado. Ayer agoté todas las fórmulas posibles y simplemente me extasié contemplándola mientras oía el ruido de los becerros. Hoy amanecí con la piel oscura y llena de estrellas.

Antonio López Ortega
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 430

La caza


Apenas apartas la última rama y la ves, supones que se acostará contigo. La percibes restregando la ropa junto al río, en un marco de corrientes que se define a través de las rocas, y no sabes porqué te atrae pero presiento que es por lo mismo que a mí. Después de caminar dos horas por la sabana buscando algún conejo para insertarle dos balazos, nada te provoca más que hacerla vulnerable. Le pides que te acompañe a la choza y me molesta que siempre las consigas a todas. Mientras caminamos descubrimos su paso y notamos que no hace ruido sobre las hojas secas. Comemos, y se acerca contigo en la parte alta de la litera, pienso que tendré que soportar el peso y los gemidos.

Después de la lucha, me despiertan unas gotas que caen sobre mi cara, imagino que la muy desgraciada ha debido orinarse, prendo la vela y veo que es sangre. Presiento su virginidad. Me levanto y por fin la descubro sobre tu cuerpo inerte, con los dientes ensangrentados, con esa impresión diabólica que me mostraba en el río, con esas ansias de convertirme en su próxima presa, con esa sed de muerte que persigue mi fuga a través de la noche.

Antonio López Ortega
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 384

Me ocupan


Y si de pronto corro tras ella. Y si de pronto la agarro por sus espaldas antes de que se interne en el laberinto del aire. Y si de pronto yo aquí, pronunciándome, gesticulando impurezas, decido echar todo para atrás (como en un retroceso a cámara lenta, como si viéramos al bocado saliendo del paladar) y me aproximo a su perfil de agua para convencerme de una por todas de que esta saliendo por mi boca. Y si me resisto a comprobarlo. Y si de pronto me aterrorizo y grito y caigo en cuenta de que, en efecto, mi voz ha sido tomada.

Antonio López Ortega
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 320

Cartas con amantes


Recibe la carta de su amante. Más que abrir el sobre lo que le provoca es tocarla, tenerla a su lado y sentir que su cuerpo no es el de una almohada. Piensa que para comunicarse realmente con ella es necesario disolverse en un flujo de letras y, atravesando como correo los océanos, aparecer de improviso en el otro lado del mar. Vuelto un líquido viscoso de palabras se introduce en un sobre y comienza la travesía. La carta es depositada en el buzón de ella, él siente cada vez más cercano su olor, su fragancia de mujer oculta. Abren el sobre y él salta apresuradamente para hacer del aire un puente de quejidos. Pero es inútil, no está, su amante yace al otro lado del mar, gritando y revolcándose entre las paredes del sobre que él no termina de abrir.

Antonio López Ortega
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 309

Paloma repetida


Debe haber una paloma repetida en el cielo. Duele comprobarlo pero parece ser así. Hay que buscarla detrás de cualquier nube, debajo de algún ojo. La paloma quizás intente la máscara en sus alas. Es necesario atraparla fuertemente con las manos, es imprescindible destruir el último vestigio de sus ojos. No hay que contentarse con el hallazgo. En su cuerpo encontraremos el rastro de su creador. Ahora sólo nos resta atrapar al hombre repetido.

Antonio López Ortega
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 283

Antonio López Ortega

Antonio López Ortega

Nació en Punta Cardón, Venezuela, en 1957. De madre canaria y padre caraqueño, vivió su infancia entre los campos petroleros de Maracaibo y la ciudad holandesa deLa Haya.

Cursó estudios de Física y Letras en Caracas y luego de Estudios Hispánicos en París.

Ha publicado seis libros de narraciones breves, entre los que destacan: Cartas de relación (1982), Calendario (1985), Naturalezas menores (1991) y Lunar (1996). Ha sido fundador de la editorial de poesía Pequeña Venecia en 1989, participante del “International Writing Program” dela Universidadde lowa en 1990 y becario dela Fundación Rockefelleren 1994.

En la actualidad, es Director General de la Fundación Bigotten Caracas, Venezuela.[1]


[1] http://www.almallanera.org/antoniolopezortega.html

La muñeca


La ves llegar en navidades. Tus padres han procurado comprarla a escala humana y con rizos de oro, exactamente igual a los tuyos, para crear un clima de confusiones.

Le resulta fácil ambientarse en la casa. Desde el mismo momento en que la viste entrar te sorprendió su paso mecánico, la intermitencia de sus ojos y el llanto seco que la abandonaba cuando se daba golpes en el ombligo. De vez en cuando te soltaba un “mamá” y corría estropeadamente hacia tus brazos como huyendo de lobos invisibles, otras veces te tumbaba en su alocada carrera, precisamente cuando la retabas a ver quién subía más rápido las escaleras.

Pero poco a poco fuiste notando su farsa, la máscara de muñeca ingenua que instalaba ante tus padres y los ojos satánicos que veías brillar al lado de tu cama durante todas las noches.

Finalmente supiste sus intenciones cuando conversaron en tu cuarto, veías cómo sus prismas se volvían bombillos, como te iba suplantando de lugar, hasta que decides invitarla al baño y en un descuido fatal le clavas los alfileres en sus ojos y la ves desangrarse con agonía de muñeca, esperando acabarla para siempre.

Y ahora tus padres han creído haber comprado una muñeca diabólica, y es también ahora cuando la expulsan a la calle para proteger a su primogénita, que deambula ciega a través de la casa, tropezando de pared en pared y oyendo el quejido desesperado de su antigua dueña, que yace afuera, pegándole patadas a la puerta y muriendo afónica en las espadas de la noche.

Antonio López Ortega
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 265