Si lo pudiera decir, lo diría en caracteres claros y relucientes, en letras hinchadas de ardor, de contagiosa pasión y comunes deseos. Diría que la vi, que entró muy hondo y que no ha querido salirse. Quedó ahí, paseándose en las profundidades infinitas del alma, flotando suavemente en los espacios siderales del amor. Explicaría, aunque parezca absurdo, que me posesioné de su imagen y su imagen de mí. Y la pasión y el dolor y el coraje y todo aquello nació de dos seres y lugares tangibles, pero ella germinó a través de su imagen posesionada de mi ser, a lo largo del tiempo, en un amplio espacio.
Para decirlo mejor, traería a un físico moderno, un heredero de Einstein, que aplicara correctamente las ecuaciones de Lorentz a la teoría de la Relatividad. Me auxiliaría además de los tratados de Freud y, recorrería sin vacilar la obra completa de Carlos Marx para llegar a la mecánica de la dialéctica misma. Pero si nada de esto tiene resultado, si no es suficiente lo que argumento, entonces recabaré pruebas, conseguiré testigos, llegaré a los Tribunales y demostraré ante la propia Ley, que existió, que ella existió, mucho más allá de la desilusión, la desesperanza y el final.
Armando Murad
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 713
