Un granito de arena


Franz recorre la gran avenida. Hoy va a encontrarla a Ella, por azar pero definitivamente. Está seguro.

¿No es ésta? ¿Por qué no lo mira? ¿Por qué da esos pasos decisivos que la escamotean a la vuelta de la esquina?

Pero ahora sí la reconoce: es aquella que viene por la vereda de enfrente. Franz atraviesa corriendo la avenida.

No, tampoco era. Vuelve a cruzar, velozmente: teme que aquel señuelo le haya impedido toparse con Ella en la vereda recién abandonada.

A medida que pasan las cuadras, sigue descubriendo mujeres cada vez más parecidas a Ella. La última es casi idéntica, un prenuncio, una certeza de que la próxima será Ella para siempre.

Franz pasa frente a un edificio en construcción. Es un día de viento, y un granito de arena se le entra en un ojo. El dolor le hace cerrar los párpados por un segundo, mientras sigue caminando.

Ya está. Ya pasó.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 659

César Fernández Moreno
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 546

Del quinto evangelio

Después de que el diablo llevó a Jesús a una altura del desierto y le mostró el fastuoso panorama de los reinos de este mundo, el nazareno quedó admirado de la imprevista ingenuidad de su tentador, que pretendía (como hoy diríamos) apantallarlo con una vulgar ilusión óptica producida por la reflexión total de los rayos luminosos y por la diversas densidades de las capas de aire, y dijo:

—Me decepcionas, pobre diablo. El fenómeno es conocido con el nombre de espejismo. ¿No tienes algún truco mejor, por ventura?

José de la Colina, de “Espejismos”
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 541

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 209

El otro diablo


Frente a unas vidrieras de Cassinelli había un niño de unos seis años y una niña de siete; bien vestidos, hablaban de Dios y del pecado. Me detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado mentir a Dios. El niño, quizá protestante, preguntaba empecinado qué era entonces mentir a los hombres o robar. “También un enorme pecado —dijo la niña—, pero no el más grande; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si confieso, aparece el ángel a mis espaldas; porque si peco aparece el diablo, sólo que no se le ve.” Y la niña, cansada de tanta seriedad, se volvió y dijo en broma:

“¿Ves? No hay nadie detrás de mí.” El niño se volvió a su vez y me vio. “¿Ves? —dijo sin importarle que yo lo oyera—, detrás de mí está el diablo.” “Ya lo veo —dijo la niña—, pero no me refiero a ese.”

Franz Kafka
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 539

La mala memoria


Me contaron hace tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan la número 35. al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice:

—Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá en número de mi habitación.

—Muy bien, señor.

A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina:

—El señor Delouit.

—Es el número 35.

—Gracias.

Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentando y casi sin aspecto humano, entra en la administración del hotel y dice al empleado:

—El señor Delouit.

—¿Cómo? ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.

—Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacer el favor de decirme el número de mi habitación?

André Breton
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 533

De los puertos y algunas de mis obsesiones


Ellos adoran comidas finas. Sus platos son hechos de oro, oro macizo, puro, sus salas son finamente tapizadas y amplias como las de un castillo. Sus mesas están constituidas de viejos jacarandás, servidos cómodamente en pequeños trozos. Sus criados, con modernos vestimentos son entrenados en varias lenguas. Ellos nunca se preocupan con coloraciones partidarias o filosóficas; sus intenciones son puramente gástricas.

Adao Ventura
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 524

Enemigos


Al Devorador le parece que el creador está encadenado pero no es así: sólo toma porciones de la existencia y la imagina como el todo.
Pero el Prolífico dejaría de ser si el Devorador, como un mar, no recibiera el exceso de sus deleites.
Estas dos clases de hombres siempre están sobre la tierra y deben ser enemigos: quien trate de reconciliarlos busca destruir la existencia.

William Blake
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 516

Coitus non interruptus


Al preguntarle Zeus y Hera a Tiresias quién gozaba más en la cama si el hombre o la mujer, el adivino respondió: “Si las partes del placer se cuentan como diez, corresponden tres veces tres a ellas y una sola a los hombres”. Hera entonces, furiosa, lo cegó convirtiéndolo en mitad hombre y mitad mujer.

Ovidio
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 512

De algunas de las manías de un rico mercader de Menphis


El mercader poseía una variada colección de caballos, esos caballos fueron adquiridos con las más duras penas, unos eran todavía procedencia legítima del apocalipsis, esos, por ser los más antiguos, eran alimentados por pequeños cuerpos de ángeles, los expulsados de la tierra, los caballos más nuevos descendían en linaje directo de los viejísimos rayes de la babilonia, esos eran tratados con suculentas sopas extraídas de los residuos de los complicados alfabetos de las lenguas extinguidas. Tales animales tuvieron sus razas destruidas por las guerras, por eso, el mercader los preservaba en lujosos palacios dotados de acústicas especiales, capaces de guardar, bajo registro, sus mínimos gestos amorosos.

Adao Ventura
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 507

Cuento infantil


Había una vez un joven militar que amaba la virtud, aunque ahora parece una increíble verdad. Apenas era entonces humilde capitán de las fuerzas revolucionarias que conmovieron a Europa, partiendo del frente popular que derrumbó la bastilla en el curso de una noche indudablemente memorable. Porque ardió en cada una de las antorchas individuales, una esperanza común, esa que sigue latiendo todavía hasta en las almas apagadas por el desencanto, y que se aloja en un sistema de tres palabras elementales, pero muy difíciles de explicar con acciones: Libertad, igualdad, fraternidad.

El muchacho que todavía se sigue llamando Napoleón, amaba la virtud, como dijo naturalmente Goethe, su tradicional enemigo de sangre y fronteras.

Un día, o una noche igualmente inexplicables para todos nosotros los humildes, los oscuros, que repetimos a duras penas unos versos de Víctor Hugo, y que nos formamos o conformamos al ser los últimos miembros de la humana infantería, Napoleón concibió una idea que ahora nos parece inadmisible, en vista de los malos resultados que han dado para la humanidad: la de asumir el poder. Sí, nada menos, la de ser el jefe y el capitán general de todos nosotros. Y la de convertirse de la noche a la mañana en Emperador de todo el mundo, a partir de un pueblo que dio de sí mismo lo mejor que podía darnos: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, envueltas en la bandera de su entusiasmo y de su sangre, comúnmente derramados, ya fuera en la herida particular de un héroe desconocido, o en la cabeza coronada de los príncipes del mundo, mediante el acto igualitario, fraterno y único que se vive y padece gracias al artificio cortante de la guillotina, que a todos los libera, de una vez y para siempre ya nos llamemos Luis XVI o Robespierre…

Al ver con ojos limpios y ardientes que por todas partes imperaba el desorden. Napoleón creyó ponerse de buena parte y asumió el poder. Para crear el orden… La moraleja sale sobrando.

Juan José Arreola
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 478

El otro sol


Toda la noche la pasó Aquiles Vicario, entredormido, dando vueltas en la amplia cama de jergón abarrotado con plumas de pavo real y mirando por entre los párpados semicerrados el uniforme estrictamente planchado que suspendía del solterón regalo de un artesano.

Pensó en la mano firme que el día anterior había colocado sobre sus hombros el nuevo sol que lo acreditaba ante la historia como el más grande general de todos los tiempos de la patria y, subestimó la grandeza de don Simón Bolivar Palacios.

Muy temprano, sin despedirse de mujer ni de hijos, sin despertar al chofer ni llamar guardaespaldas se fue para la calle y comenzó a marchar camino de la casa de gobierno, con una idea fija: “Golpe de estado”.

Sonreía seguro del futuro.

Caminó unas cuadras y se reconoció a sí mismo marchando en vía contraria a la suya, con una inmensa condecoración y la banda presidencial atravesándole el dorso: se saludaron y marcharon juntos con la cabeza erguida y el pecho saliente. Cuando estuvieron en la solitaria plaza volaron miles de palomas a su paso y volvieron a mirarse. Comenzaron a subir las escalinatas del palacio, marcando el compás hasta la amplia sala, donde un aviso funerario invitaba a sus propias honras fúnebres.

Miró a todos lados y se encontró solo. Empujó la pesada puerta del salón donde acostumbra resumirse el Congreso y vio su cuerpo expuesto en capilla ardiente rodeado por sonrientes representantes del poder civil y una parte del féretro cubierto con la bandera nacional.

Ni una persona lloró su muerte.

Carlos Eduardo Uribe
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 477