Trueque

La adolescente volaba. Despegaba sin esfuerzo apenas se tendía en el lecho y allá iba, en la noche, fisgoneando impune a las ventanas del vecindario.

Asistió a peleas y cópulas matrimoniales, reconoció ansiedades de otros impúberes que velaban con los ojos abiertos, y supo, también, de las atenciones —una flor— que cierto señor maduro reiteraba cada noche que ella pasaba frente a su casa.

Al fin entró por el ramo —pimpollos rojos sujetos por un lazo— dando a cambio algo que, lamentó, fueron precisamente sus alas.

Roberto Oscar Perinelli
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 549

La espera

Hace dos milenios vivió un hombre lleno de esperanza, fraternidad y amor.

Predicaba una doctrina extraña; aseguraba ser hijo de Dios y haber nacido para redimir al género humano. Los hombres no lo comprendieron; fue perseguido, hecho prisionero y condenado a muerte. Él prometió quedarse —en cuerpo y sangre— en el pan y vino para ser alimento de cuantos padecieron de hambre y sed.

Los hombres hicieron morir en una cruz a quien se decía Hijo de Dios, el Salvador…

La humanidad espera aún la redención prometida. Aquel hombre es recuerdo —y un poco de fe— en el signo de la cruz, estampas, plegarias y en sabor del pan y el vino. Y clavado de pies y manos espera que entre los hombres a quienes prometieron la redención y lo crucificaron, nazca alguien de buen corazón que se apiade de él y lo redima de su cruento sacrificio que ya dura dos milenios.

Salvador Herrera García
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 543

Geneología

Yo tuve un abuelo celta y otro romano, casados con cretense y con etrusca. Otro abuelo se hizo matar en Roncesvalles y otro más peleó en las mesnadas del Cid, me tocó verlo muerto y a caballo.

Por lo menos dos abuelos procedían de Jerusalem o de Alejandría y me legaron, junto con algunos más, mi nariz. Una mi abuela fue criada en la corte de Abderramán III, su padre era jardinero y amaba el agua por encima de todas las cosas y también las alcachofas. Como cinco abuelos fueron artesanos y por supuesto comuneros. En cambio mi abuelo francés nunca pudo tomar en serio nada. No más de tres abuelos desembarcaron en la Nueva España y ni tomaron armas, ni vistieron sotana, ni abrieron tienda, pero tampoco se supo de qué vivían. Una abuela se suicidó en España durante “Los desastres de la Guerra”, de Goya.

A ciencia cierta sé que dos abuelos míos, uno en México y otro en España, manejaron con limpieza sus plumas liberales y aunque no la perdieron, se jugaron la piel mientras otro abuelo tenía casas y haciendas y se alumbraba con velas por miedo a la luz eléctrica. A él le debo (gracias, abuelo) la poca libertad universitaria con que cuento.

El último abuelo fue marino, guapo, de mirada profunda. Casó con mi abuela, menuda y nerviosa, a quien reproduzco casi entera,
Como todo buen cristiano, se mezclan en mi sangre los cromosomas de la compasión y la violencia; pero aunque sé ya muchas cosas, de mi herencia no sé nada.

Mireya Cueto
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 513

Kitty y sus cosas

Kitty amaba mucho a sus cosas. Amaba su acogedora recámara, a su auto sport rojo y amarillo; también a su minigrabadora y a su collar de perlas. ¡Amaba más a sus cosas que a la gente! Por eso, sus cosas la empezaron a amar a ella.

A veces, las sábanas —que la querían tanto— no la dejaban levantarse. Se le pegaban al cuerpo, se le enredaban en las piernas, en la cintura, en los brazos. Otras ocasiones era el auto que no la quería soltar: el volante se le enredaba en las muñecas o el pedal la atrapaba de un tobillo. O la grabadora no quería dejar de reproducir su voz, aunque le sacara la pila.

De estos y de otros incidentes salió bien librada; hasta le divertían. Pero anoche acariciaba embelesada su hermoso collar de perlas y se lo colocó suavemente sobre el cuello. Y el collar —que la amaba tanto a su dueña— en un estremecimiento de júbilo, la degolló.

Amos Bustos Torres
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 509

Pregunta

Un hombre preguntó a una escritora:

—¿Qué sentía cuando escribió su novela?

—Que dejaba de ser animal: las letras me convertían en persona— respondió.

La policía no se explica cómo es que dentro de las pupilas del muerto un animal los mira sonriente.

Antonia Mora
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 505

Cuando se gastó mi nombre

En mi aldea natal me llamaban Don Ramón. Nombre inseparable de todo lo que mi padre, don José, hizo y heredó. Me decían Ramoncito, el del juez, Ramón el piadoso, Ramón el del caserón, Mi padre no fue nunca juez de ley. Pero su enraizamiento en la región —en la misma casa nació mi bisabuelo— le hizo poseedor de las virtudes de hombre serio, abogado en las discordias y patriarca regional.

Cada vez que se pronunciaba mi nombre rebullían el sedimento secular de los Garrido, siempre vivos, inconmovibles y dinámicos. En mi nombre se apilaban las virtudes de mis antepasados, lo que se intensificaba a medida que pasaba el tiempo. Nunca se me ocurrió preguntar: “¿Por qué tienes nombre tú?”

En mi pueblo no había documentos. Si alguno existía, no sabía nadie donde estaba. Dominaba la ley del hombre y la palabra. Por sus tribunales corría, siempre la misma y siempre nueva, la sentencia de los antepasados.

Llegada la media noche, el pueblo no se dormía. A esa hora se multiplicaban las consultas. Muchas personas llegaban hasta mi lecho para darse mayor importancia y misterio. “El asunto le es de mucha gravedad”, don Ramón, musitaba el señor Tupino. “Ponga los chichos en el fallado, que le andan tratando de averiguar si paga la contribución. Le vienen muy hambrientos y van a sacar de donde puedan”.

Más, ¿qué habría de temer don Ramón Garrido? Bastaría mi nombre para cualquier fiscal que se atreviera a llegar a mi casa. Alguno de ellos habría conocido sin duda a mi abuelo, hombre de mucho bien. Y el jefe de la comitiva pronunciaría su sentencia: “Don Ramón, usté lo pase bien”.

Los habitantes del sector desaparecieron como frutas del otoño. Se extinguieron unos como violetas que sucumben ante el primer rayo del sol de estío. Se refugiaron otros en la ciudad adheridos extrínsecamente a los que se agrupan bajo la protección de la jaula urbana. No quise ver mi pueblo desvencijado. Nadie pronunciaría mi nombre. Emigré a U.S.A. y se me llamó 875-74-1234.

Rosendo Díaz Peterson
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 504

El soñador

Esa noche Luciano El soñador había tenido un sueño extraordinario: de un humilde y sencillo campesino se había convertido, de la noche a la mañana, en un poderoso terrateniente y dueño de lujosas mansiones con todos los servicios y adelantos de las comunidades ultramodernas.
Pero en la mañana se despertó desilusionado, con la cara desencajada y un rictus de pesadumbre. Advirtió, además, que durante el sueño no sólo había perdido sus riquezas, sino que también había sido golpeado salvaje y misteriosamente en los costados. Tenso de rabia, dolor y venganza, se dirigió hacia los umbrales de la noche en busca de los autores de la felonía. Cuando encontró a Morfeo e informó a gritos acerca de la infamia que había sido objeto, éste, con su acostumbrada displicencia, notificó a Luciano que un grupo de unicornios lo habían arrojado a coces del reino de los sueños por intentos de invasión a inmensas propiedades privadas.

Pablo Santillán Ledesma
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 499

La pareja

Hacía veinte años que la pareja, enamorada locamente, se miraba sin parpadeo alguno. Ellos no podían explicarse por qué el tiempo no los envejecía. Tampoco se explicaban el porqué nunca se habían dolido de los ojos. ¡Caramba! Es algo normal. Nos sucede a todos.
Aún no se daban cuenta que eran personajes de una foto.

Waldemar Noh Tzec
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 497

Posesión

Hoy he dejado completamente libre a ella: esa chica introvertida, acomplejada y prejuiciosa que vive en mí. Siempre deseé que fuese como yo, pero hoy no me he metido en ella. He vagado, he volado, he sido mentira, verdad, principio y final. Me he convertido en la novia de la noche, en amiga de la luna y en amante de la mar. He caminado por la calle y un payaso me ha prestado su disfraz, un enano su cuerpo y un pequeño su candor. He sido la mente de un loco, el instinto de un perro, el latir de un corazón, el llanto de un niño y el interior de un foco. He formado parte del tiempo, del espacio, de la naturaleza, del amor, del viento y del silencio. Fui también un beso, una caricia, fui un átomo y un feto. Me he introducido en la personalidad de un niño, de un viejo, de un vagabundo, de un poeta y de un ebrio. Estuve en la presencia de Dios y fui bondad, en la del diablo y fui maldad. He sido gato, pájaro, flor, papel, poder, ceniza, hechicería y unicornio. Fui experiencia, sueño, pesadilla, fui solamente un demonio.

Anoche sobre mi corazón rodó una gota de sangre; en torno mío se escuchaban miles y miles de campanas, cuyo sonido penetraba en mis oídos casi desgarrándolos. Fue entonces cuando me di cuenta que durante mucho tiempo, la muerte había permanecido cautiva en mi persona.

Isabel Rabadán O.
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 495