Memoria


Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no se pueden revelar.

Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.

Edmundo Valadés
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 53

… de Martha Figueroa de Dueñas

Alrededor de 1986, la escritora Martha Figueroa de Dueñas hizo la pregunta inquietante,

¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?, a algunos de los más importantes escritores y poetas mexicanos. Las respuestas fueron, en todos los casos, fascinantes. Ésta es la de:    EDMUNDO VALADÉS

Virtud de sabios –dicen los filósofos–, es saber escuchar, hacer sentir a nuestro interlocutor como si éste fuese la persona más importante en ese momento. Esta enorme –y rarísima en nuestros tiempos del yoísmo galopante– cualidad la tiene Edmundo, perdón, Don Edmundo Valadés.

Cuantas veces me he acercado a él en alguna reunión de amigos, fija su atención en mí y, no importa lo baladí de mi alocución, él me escucha como si nadie más existiera a nuestro alrededor.

Don Edmundo, ha dedicado su vida a las letras. Periodista de profesión, testigo del desarrollo literario de México, lector pantagruélico, cuentista prodigio, ensayista profundo, fundador y director de la revista El cuento, hace ya largos 22 años, hombre de gustos exquisitos y, por ende apasionado de la obra de Proust.

Cuando vaya en busca de su isla perdida, es obvio el libro que llevará en su bagage literario:

ME QUEDO con PROUST

Tu indagación, queridísima Martha, me hace recordar los juegos literarios juveniles suscitados por Xavier Villaurrutia, a su vez repitiendo los de algunos escritores franceses, sobre cuáles serían las diez Novelas que uno escogería de tener que ir a vivir a una isla desierta. (Xavier, maliciosamente, revertía la pregunta con otras ¿cuáles son los diez libros o versos más cursis de la poesía mexicana?, ¿cuáles son las diez mujeres de letras que llevaría usted, o no, ala Isla Desierta?, y ¿cuáles son los diez libros, diez literatos, a quienes dejaría usted para siempre en ella?). De jóvenes, creo que quienes leíamos ávidamente, formulábamos relaciones de nuestros libros preferidos, en las que acumulábamos, sin preocupación crítica, un catálogo más bien tendiente a mostrar cuántos habremos ya leído, que a determinar los que nos iban siendo esenciales o que más nos enriquecían. Limitados a una cifra pequeña, la selección era dolorosa, y hacíamos la trampa de cambiar autores por libros, para sumar más. El tiempo, ajustador implacable, nos fue orillando a establecer los en verdad inolvidables o siempre preferidos ahora tú, Martha, nos arrinconas cordialmente para decir entre todas nuestras lecturas, cual resulta la definitiva: cuál es el libro de nuestra vida. Ese libro al que volvemos y volveremos con admiración o fascinación crecientes, ése que nos ofrece más y más, como novedad creadora que no se agota, y en cuyo mundo nos sumergimos para descubrirle otras proyecciones inadvertidas, un interés renovado, un mundo y personajes que nos apasionan con ininterrumpida atracción. Hace años, tal vez hubiera dudado entre Las mil noches y una noche, que me abrió desde joven el espacio de la imaginación y la sensualidad y me cautivó como el viaje más sorprendente y maravilloso, y el libro que ahora no titubeo ya en elegir sin reservas “porque ha sido y es mi gran compañero literario: A la busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Desde hace más de cuarenta años en que inicié la lectura de los dos primeros volúmenes, pues la traducción completa no apareció sino después de que, empezada en España, al impedirla Guerra Civilsu término, la culminó en 1946, en

Buenos Aires, en la editorial Santiago Rueda, me atrapó de modo fulminante Por el camino de Swann, porque allí, así hubiera circunstancias distintas, reconocí la parte dolorosa y sensible de mi infancia y porque descubrí asociaciones entre mis incipientes intermitencias de corazón y las que Proust describe como las primeras sensaciones y reacciones amorosas del Narrador, que irá pormenorizando más profunda y extensamente, para formular el estudio quizás más penetrante de cómo se fragua un amor, cómo se envuelve en los celos y luego desaparece, para reencarnar otra vez, sin que valga la experiencia de haberse librado de un sortilegio en el cual volveremos a caer fatalmente.

La obra de Proust, cuando uno la abarca en conjunto, admira y pasma, atrae y fascina, tanto por su estructura genial –un vasto círculo perfecto– como por la composición de su historia, tan ligada a la vida real de Proust, parábola del paso del tiempo sobre los seres humanos, para concluir en que la única salvación posible de la mentira o el sueño que es la vida, está en la obra creadora. Libro escéptico sobre la naturaleza humana, así lo sustente en los egoísmos, vicios, placeres, vanidades y ocios de la burguesía –la bella época francesa–, su pesquisa es tan perspicaz, que implica en mucho, así sea en otras proporciones y ámbitos, las de otros núcleos sociales. Es, también, uno de los libros más sabios que se han escrito, pues entre tantas cosas de que se nutre, nos enseña a reponer la verdadera realidad de nuestra vida, por medio de la memoria involuntaria, extraída de nuestra subconciencia al estímulo de sensaciones que hemos guardado y olvidado, y que pueden aflorar de pronto, en inesperados estados de gracia, para volver al origen de lo que somos, acercándonos al misterio de nuestro destino, a lo que determinó su curso o lo que puede cumplirlo. Nos enseña también, con una lección superior, cómo podría crear el escritor su obra trascendente.

La originalidad de la historia de En la busca del tiempo perdido, la maestría de su estilo, la modelación magnífica de personajes arquetípicos, la descripción espléndida de ambientes y paisajes, el análisis sagaz de pasiones y psicologías, la develación del “mecanismo de los principales sentimientos”, el recóndito rastreo sobre los celos, la reintegración formidable de una sociedad, de una época, su recuperación y concepción del tiempo, por no decir más, es por lo que Proust es el gran seductor literario. Y por la simbiosis entre lo real y lo inventado en En busca del tiempo perdido, la vida de Proust acabará por interesarnos tanto, y a veces más, que su propia obra. Por eso yo me quedo con él.[1]

Martha Figueroa y Gabo

 

 

 

 

Martha Figueroa y Valadés
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

[1] http://www.wix.com/coleccionartemexic5/mama-grande#!que-libro-te-llevarias-a-una-isla-de

Edmundo Valadés

Edmundo Valadés 

Autor de “La muerte tiene permiso”, es sin duda alguna la figura contemporánea más importante en el cuento mexicano. Lo es por su propia obra y por el impulso brindado a los demás escritores que incursionan en este género. Su libro más conocido “La muerte tiene permiso”, apareció en un disco compacto –nueva forma de promover la literatura– con cuentos suyos.

“La muerte tiene permiso”, es uno de los clásicos de la literatura mexicana. Se han hecho numerosas ediciones de esta obra, desde que apareció por primera vez  en el año de 1955 dentro de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Hasta ahora, este libro ha sido traducido a más de 15 idiomas.

 Escritor en el más amplio sentido de la palabra, de don Edmundo Valadés, nacido en Guaymas, Sonora, en 1915, puede afirmarse que fue cuentista y periodista por antonomasia.

 FUNDADOR DE “EL CUENTO” 

En efecto, aunque abordó los más variados géneros literarios, su inclinación más profunda se derivó hacia el cuento. Desde 1939 fundó la revista “El Cuento”, de la que sólo pudo publicar cuatro números, debido sobre todo a la escasez de papel que se presentó en México a consecuencia de la segunda guerra mundial.

Veinticinco años después, en 1964, reanudó la publicación de la revista, de la que fue director a partir de entonces y hasta el momento de su muerte.

En su juventud, viajó por algunos Estados dela República. En 1936 estuvo en Monterrey algunas semanas. Después se trasladó a Matamoros, en donde pasó algunos meses. El acostumbraba contarnos anécdotas de aquella época, en que escribió algunos textos para “El Porvenir”, trabajó por corto tiempo en un restaurante que estaba ubicado en la calle de Zaragoza y fue, incluso, detective en unos almacenes de ropa.

Periodista desde su juventud, fue secretario de redacción y director editorial de “Novedades”, así como subjefe de la oficina de prensa en la Presidencia de la República, de 1958 a 1964.

Fue profesor del Centro Mexicano de Escritores, director de la Sección Cultural de “Excélsior”, coordinador de diversos talleres literarios y de periodismo, director de la revista “Cultura Norte” y colaborador de “El Día”, “El Nacional”, “Cuadernos Americanos” y “Uno más Uno”.

LA MUERTE TIENE PERMISO

Autor de los volúmenes de cuentos “La muerte tiene permiso”, que tanta fama le dio y del cual se han elaborado numerosas ediciones; “Las dualidades funestas”, y “Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita”. Durante los últimos dos años, publicó dos antologías de cuentos inolvidables, que preparó para ser obsequiadas en ocasión del Día del Libro. Y quedó pendiente una tercera antología.

También escribió los libros de ensayos “La Revolución y las Letras” y “Por los caminos de Proust”, así como de las antologías “El Libro dela Imaginación”, “Los grandes cuentos del siglo XX”, “Los cuentos de El Cuento”, que en una posterior edición apareció como “El cuento es lo que cuenta”; “23 cuentos de la Revolución Mexicana”, así como de varios tomos de la antología “Los cuentos de El Cuento”, con los títulos “Con los tiernos infantes terribles”, “La picardía amorosa” y “Los ingenios del humorismo”. 

RECONOCIMIENTOS 

Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Medalla Netzahualcóyotl(1978) dela Sociedad General de Escritores de México; el Premio Nacional de Periodismo (198l), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Sonora y homenajes de diversas universidades, como la de Guadalajara y el ITESM. 

Gran ser humano y amigo excelente, don Edmundo ha sido, sin duda, uno de los mejores narradores mexicanos contemporáneos. Hace tres años le dio permiso a la muerte. Sin embargo, los sueños, la imaginación, los cuentos, que don Edmundo supo plasmar en sus obras, continuarán vivos e inmortales, como el recuerdo de este personaje inolvidable y gran amigo[1].


[1] http://www.elregio.com/operacion/ver_detalleNotas.asp?ID=39992