Mi reloj

Mandé quitar el segundero a mi reloj, no porque estuviera mal sincronizado ni por su aspecto antiestético, sino porque a cada impulso de su movimiento me hacía sentir un fuerte golpe por la espalda que me acercaba lentamente al borde del abismo.

Poco tiempo después tuve que eliminar el minutero; sus golpes, aunque se sucedían a intervalos mayores, eran más fuertes e inquietantes.

Fue muy fácil para mí desprender la manecilla que marca las horas, de un tirón la arranqué de su sitio. Durante el día su empuje era soportable, pero durante la noche la potencia de sus golpes me despertaba súbitamente cuando mi sueño era más profundo.

Ahora me siento feliz con mi reloj sin manecillas, si bien, el principio al que estoy destinado lo veo ya muy cercano, por lo menos llegaré a él tranquilamente, sin tener que soportar esos molestos golpes y empujones.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 735

Perseguido

Mi presencia se agota, cada día me es más insoportable esta angustiosa existencia. Muy contra mi voluntad he tenido que alterar mis hábitos cotidianos. Yo, que estaba acostumbrado a disfrutar plenamente de la vida al aire libre. Me gustaba presenciar el momento cuando en aquellas frescas madrugadas empezaban a aparecer formas y colores; me deleitaba al sentir la humedad del rocío penetrar por los poros de mi piel. Ahora tengo que permanecer oculto y a la sombra; no puedo salir a admirar tan siquiera el instante en que el sol hace un último guiño a la tierra antes de ocultarse en el ocaso.

Únicamente por las noches, cuando la obscuridad es más profunda puedo salir de mi escondite unos instantes, y a pesar de que tomo muchas precauciones me veo constantemente amenazado de muerte. Anoche estuvo a punto de caer abatido por aquella bala maldita. Sí, ¡soy un perseguido! Con gusto me dejaría matar si tuviera la certeza de que mi familia quedaría a salvo; pero no es así, la consigna es acabar conmigo y con los míos, y sin embargo, yo no he cometido ningún delito, nunca he buscado pelea ni he sentido rencor para nadie: no soy un rebelde, ni guerrillero idealista.

Quisiera poder cambiar mi destino, pero esto es imposible. Con mucho esfuerzo tengo que resignarme a seguir soportando la humilde existencia de tímido conejo que Dios me dio.

Efraín Boeta Saldierna
No 45, Septiembre-Octubre 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 714