El hombre sin rostro

El hombre sin rostro es un conocido visitante de los sueños. Aparece como un enigma en el centro de nuestra conciencia atribulada. No es un personaje común. Es un intermediario que sabe muy bien cuándo se requiere su asistencia. Viene siempre abriéndose paso por un sendero de resplandores azules. Hay como cristalitos en el aire y si los sentidos no están muy aturdidos por la expectación ante lo desconocido se puede percibir a su alrededor un olorcillo rancio.
El hombre sin rostro ni mira ni habla, pero escucha muy bien, se ve cuán concentrado y ensimismado anda. Es como el esquema de un hombre hueco por dentro que provoca, por eso mismo, escalofrío. Parece, además, el investigador de un crimen.
Viene por el sendero y uno lo encuentra sorpresivamente. A veces lo lleva a uno a una casa oscura o lo pasea por una ciudad deshabitada. Es cuando el sueño se asemeja a un cuadro de Chirico. Pero a mí me llevó esta vez a un tribunal donde todos los jueces, los escribientes y el público no tenían rostro. El acusado sí. Tenía rostro, pero no era yo.
Yo me senté en la primera fila y lo contemplaba de hito en hito, primero con asombro, luego con curiosidad, después con repugnancia, más tarde con piedad y, finalmente con molestia.
Al producirse el veredicto me instaron con gestos a que yo lo leyera en alta voz. En realidad, yo era el único que podía hacerlo. El papel traía las frases de rigor y la condena se expresaba de modo suscinto. Decía; “Se le borrará el rostro con una esponja”. Un ujier se levantó, mojó la esponja en un balde y le borró la cara. Los demás aplaudieron y yo me desperté temblando.
Emilio Sosa López
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 645

Legítima obsesión

 

El guardián permanece expectante ante el condenado del pabellón de la muerte. No debe descuidarlo un segundo durante la noche. Está en capilla. Van a ajusticiarlo al amanecer.

Los dos son formidables hipnotizadores y el guardián es el único que puede resistir y contrarrestar el embate a que lo somete el condenado con sus visiones y transfiguraciones fantasmagóricas.

Con los ojos fijos los dos se acometen. El mundo de lo alucinante parece al fin agotar sus recursos. Y siguen en pie las rejas, el guardián y la hora que aproxima la muerte.

Un endriago surge de repente en medio de un torbellino de fuego y golpea contra la frente del guardián. Pero el guardián como una roca permanece impasible.

A la hora del ajusticiamiento aparece el director de la prisión con su séquito de oficiantes y testigos. El reo se deja conducir mansamente a la cámara. Al entrar se produce una fugacísima confusión. Todos tienen la cara del director.

Pero la realidad es prontamente restituida por obra y gracia del guardián. Sientan al condenado en la silla. Lo ejecutan. Los testigos salen luego entre pesarosos y confusos. El director es colocado en el cajón de pino. Un poco más tarde el reo y el guardián se retiran de la cárcel.

Emilio Sosa López
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 598