La agonía

Un aturdimiento lo despierta. Abre los ojos. Es lo mismo de siempre. Siempre lo mismo. Siente su lecho. Mira hacia arriba y ve el techo bajar Como antes. Siente el piso subir. Como siempre. Es la insatisfacción, se dice. Y ve las paredes. Cuatro aún Como antes Cuatro de múltiples facetas. Pero hay una puerta. Su vida exterior es mediocre. No vale la pena. La puerta se abrió para dejarlo salir y se reabre para dejarlo entrar. Es lo mismo; el techo que baja y el piso que sube, cuatro paredes que se acercan. Duerme. Un sobresalto lo despierta. Todo igual. Cuatro paredes que se estrechan y dos planchas que se acercan. Es la soledad, se dice. La puerta es pequeña. Pero sale, y su vida mediocre retranscurre. La puerta se abre. Casi no cabe. Pero entra. Las paredes y las planchas se le acercan más aún. Como antes. Es el cansancio de la noche, se dice. Pesadilla. Despierta gritando. Se acercan más y más. Con dificultad logra salir Mediocre vida de perro. Entra, ayudado por la desesperación, dejando carnes y alma afuera, de tan chica que es la puerta. Toma el cráneo en sus manos, se recuesta y palpa el techo, el piso, una pared, otra, la otra y otra más. Son suaves. Es la agonía, se dice. Abandona la mente. Abandona la tierra. Abandona la vida. La tumba se cierra al fin.

Gilberto J. Signoret
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 319

Escena I

El sabor de la sangre tibia que se apretaba en mi boca me embriagaba, y el dolor en el vientre me insensibilizaba, y el dolor en el vientre me insensibilizaba a todo estímulo. Por fin, no pudiendo resistir más, mis labios explotaron lentamente y la sangre salió a borbotones de mi boca. Yo caí con ella. Creí, quise arrastrarme y al hacer esfuerzos tosía. Cada vez que tosía, arrojaba yo un buche de esa masa oscura y jaleosa, babosa y tibia. Me di al fin por vencido; sudaba y el sudor me lastimaba. Voltee hacia donde pude y vi el rastro de sangre y vísceras que había yo dejado. Escasos 60 centímetros, tal vez; me había arrastrado de lado. Creo que quise pedir auxilio, gritar. Pero lo único que logré fue un ardor de fuego en la garganta que se sumó a mis demás sufrimientos. Sabía que el velador no volvería y que nadie estaba cerca, nadie que me socorriera. Recordé cómo, borracho, se me había echado encima y apuñalado el vientre. De eso hacía apenas quince minutos. ¡Quince minutos largos y desesperantes! Aún sentía yo el puñal penetrar bruscamente en mi cuerpo, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Haciendo un último esfuerzo, quise alcanzar el teléfono; pero sólo logré tirarlo y romperlo. Duele decirlo: lloré; lloré de desesperación, de miedo a morir, de dolor. Mi respiración era difícil. Casi no podía yo respirar sin tragar un buche de esa sangre rabiosa. Comprendí que mis minutos habían terminado, que mi luz se apagaba. Comprendí que era la hora final. Quise murmurar una oración y cerré los ojos. Poco después de expirar, oí que alguien gritaba: “¡Corte!”.

Gilberto J. Signoret
No. 48, Septiembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 279

La genración de los NO

Ya llevaba siete meses de embarazo cuando se vieron en la necesidad de llevarla al hospital, de urgencia. Sería un nacimiento casi normal, decía el doctor. Todos los síntomas así lo indicaban. La llevaron a la sala de maternidad y dispusieron todo para recibir al nuevo ser. Pero cuando pensaban que comenzaba a nacer y vieron que el vientre de la mujer se reducía, como si se desinflara, hasta adoptar un volumen normal sin que el niño apareciera, todos quedaron sorprendidos. El sabio llegó a la conclusión de que la paciente había dado a luz a un espectro.

Gilberto J. Signoret
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 457