Salió del elevador de servicio y se dirigió presuroso al encuentro de su cita. Iba sonriendo, tarareando la melodía de moda. Revisó mentalmente su atuendo y la técnica que iba a seguir. Se sentía tranquilo, su conquista sobre ella sería total, de eso no tenía duda.
Sacó la llave y abrió la puerta. Entró al cuarto. La penumbra lo envolvió. Encendió la luz. Ahí estaba ella, de pie, aguardándole y como siempre la sonrisa en la boca y la cabeza ligeramente inclinada a un lado. Las manos extendidas hacia él.
La observó desde todos los ángulos. Se sonrió. Lentamente, evitando lastimarla, causarle algún daño, la fue desvistiendo. Primero el chal, después la mascada que le envolvía coquetamente el cuello. Con mucho tacto desabrochó un botón tras otro. Libres los botones, con una suavidad tiernamente pensada, le quitó la blusa. Sus pechos altos, firmes, erguidos, quedaron al descubierto.
Su sonrisa se ensanchó, el clímax se acercaba. Se limpió el sudor de la frente, nunca podía evitar sudar en momentos como éste. Le desabrochó la falda, le bajó el cierre y la dejó caer fuera de ella. Ahí estaba, por fin, en toda su desnudez; las suaves líneas ondulantes de su cadera, sus piernas firmes, sus pechos erguidos… Cuando sus cinco sentidos terminaron de extasiarse con ella, sabedor de lo bien que lo había hecho hasta ese momento, tomó Carlos al maniquí y se lo llevó al operador del segundo piso.
Golde Cukier
No. 91, No. de 20 Aniversario – 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 377