Guillermo Meléndez

Guillermo Meléndez
(Nuevo León, 1947)

 Es  Licenciado en Ciencias Jurídicas. Colaborador frecuente de la prensa cultural nacional e internacional: Aquí vamos, del periódico El Porvenir; El Volantín, del periódico Milenio Diario de Monterrey; Ensayo, del periódico El Norte; Armas y Letras, revista literaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León; Deslinde, revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL; Revista El cuento; Periódico de Poesía del DF; Fronteras de México; Empireuma de Orihuela España; Repertorio Americano de Costa Rica.[1]

Minisemblanza enviada por Guillermo Meléndez:

Nací en Galeana N.L. 1947. Licenciado en Ciencias Jurídicas UANL.

Premio de las Artes (Área de Literatura) UANL 2008.

Obras (entre otras):

La penúltima piel (Ediciones del Azar, Chihuahua 1994)
Inmundi (ediciones Toque, Guadalajara 1995)
Memorias del aljibe (Libros de la Mancuspia, Monterrey N.L 1998)
Ciudad del náufrago (Fondo de Cultura Económica, México DF 2002)
Cuaderno de la nieve (Mantis Editores, Guadalajara 2004)
Circo romano (El árbol ediciones, Morelia 2007)
Legajo de la noche (Ediciones Intempestivas, Monterrey 2008)
Hiel. Diario de un ruco (Posdata Ediciones, Monterrey 2011
La penúltima piel, reedición (Tucan de Virginia/Conarte, México D.F. 2011)

El canto del cisne

Fina y delicada, elegante como un cisne en su lago. Expresiva y graciosa, soñadora como la bella durmiente.

Tan dedicada a mí: que en mis momentos melancólicos inclina su cabeza y cierra los ojos demostrando su tristeza y en mis ratos festivos baila de felicidad con sus brazos extendidos y una sonrisa iluminada. Ella es triste, concordando conmigo; es alegre, cumpliendo nuestro tácito pacto.

Cuando la euforia es grande me comparte con sus amigos y en estética sincronización: entrelazan sus manos o se toman de la cintura y brincan y parece que vuelan embriagados con mi sola presencia.

Cuando ajusta sus zapatillas y desarruga su traje —cómo muestra entereza por mí— entra al escenario de puntillas, como una palomita blanca, comparte el tiempo de vals conmigo manteniéndome cerca de su oído, se concentra en mi arrullo y baila participando a todos que me comprende y conoce.

Pero la dicha termina cuando mi canto muere, mi sonido se apaga: ella se despide de su público, ellos le aplauden el perfecto acoplamiento de sus giros con mis notas y yo finalizo la noche con las cuerdas desajustadas, mi arco silencioso y sepultado en la oscuridad de mi estuche.

Guillermo Meléndez
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 285