Con movimiento enérgico, el astronauta apagó el interruptor de los cohetes de frenaje. Acababa de posarse sobre la superficie del lejano, helado planeta Plutón. “Atención, Tonantzintla. Aquí Base Humanidad. He llegado. Repito. He llegado. Ahora procedo a las comprobaciones de rutina”. Valiéndose de los mil delicados instrumentos, comprobó la presión de la atmósfera, así como su composición, y la densidad del suelo y la fuerza de la gravedad. Después hizo funcionar la cámara de televisión adosada al exterior de la nave, y esperó, con los ojos fijos en la pantalla de la cabina. Dos borrosas figuras, de aspecto al parecer humano, aparecieron en el fondo. “Tonantzintla, aquí Base Humanidad. Veo en la pantalla un par de formas… ahora estoy tratando de enfocar la imagen… ya los tengo… ¡Pero qué es esto! Creo reconocerlos… ¡Sí, son ellos! ¿Qué hacen? ¡Alto, esperen, no lo hagan!”. La transmisión se interrumpió de súbito. “Bueno, Base Humanidad, aquí Tonantzintla. ¿Qué sucede? Responda. ¿Qué pasa, Pepe?.
No esperó a cumplir con las medidas de seguridad antes de abrir la escotilla. Se precipitó fuera de la nave, dando saltos de seis metros y gritando inútilmente en el vacío. Pero llegó demasiado tarde. El hombre, desnudo, cubierto tan solo con una hoja de parra, acababa de morder la fatal manzana que le ofrecía la mujer, igualmente semidesnuda, mientras la serpiente, de maléfica sonrisa, observaba.
Jorge Marin P.
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 629