Los mundos

El hombre sabio estaba empeñado en descubrir si había vida fuera de su mundo. Con tal fin se pasaba las horas y los días observando por su telescopio. Cierta noche, dijo a su complaciente esposa:

—¿Sabes?, hoy he tenido la intensa sensación de que un ojo gigantesco me miraba desde el cielo.

—Tonterías —dijo ella—. Vamos, la cena está lista.

En aquel mismo instante, en un lugar muy distinto, alguien decía:

—¿Sabes papá?, hoy, al estar jugando con mi microscopio, me ha parecido sentir que un ojo diminuto me observaba desde el portaobjetos.

—Bah, tonterías —dijo el padre—. Anda, la cena está lista.

Jorge Marin P.
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 665

Uno de ciencia ficción

Con movimiento enérgico, el astronauta apagó el interruptor de los cohetes de frenaje. Acababa de posarse sobre la superficie del lejano, helado planeta Plutón. “Atención, Tonantzintla. Aquí Base Humanidad. He llegado. Repito. He llegado. Ahora procedo a las comprobaciones de rutina”. Valiéndose de los mil delicados instrumentos, comprobó la presión de la atmósfera, así como su composición, y la densidad del suelo y la fuerza de la gravedad. Después hizo funcionar la cámara de televisión adosada al exterior de la nave, y esperó, con los ojos fijos en la pantalla de la cabina. Dos borrosas figuras, de aspecto al parecer humano, aparecieron en el fondo. “Tonantzintla, aquí Base Humanidad. Veo en la pantalla un par de formas… ahora estoy tratando de enfocar la imagen… ya los tengo… ¡Pero qué es esto! Creo reconocerlos… ¡Sí, son ellos! ¿Qué hacen? ¡Alto, esperen, no lo hagan!”. La transmisión se interrumpió de súbito. “Bueno, Base Humanidad, aquí Tonantzintla. ¿Qué sucede? Responda. ¿Qué pasa, Pepe?.

No esperó a cumplir con las medidas de seguridad antes de abrir la escotilla. Se precipitó fuera de la nave, dando saltos de seis metros y gritando inútilmente en el vacío. Pero llegó demasiado tarde. El hombre, desnudo, cubierto tan solo con una hoja de parra, acababa de morder la fatal manzana que le ofrecía la mujer, igualmente semidesnuda, mientras la serpiente, de maléfica sonrisa, observaba.

Jorge Marin P.
No. 44, Julio – Agosto 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 629