
Primero fueron móviles y confusas manchas al pasar frente a los espejos. Al paso de las noches se fueron precisando más y más el rostro pálido, los ojos duros y melancólicos, las finas ropas de luto.
Para mayor vergüenza, fue perdiendo el gusto por la sangre, aún la más rica en glóbulos rojos… Y se aficionó indignamente al vulgar jugo de naranja.
Al comprender su decadencia irremediable el conde Drácula suspiró profundamente. Y por su fría mejilla rodó una lágrima con inconfundible sabor a naranja.
Jorge Mejía Prieto.
No. 83, Septiembre-Octubre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 336