Profundo resentimiento

Algún profundo resentimiento debió tener Dios contra las mujeres para haber puesto al hombre en la Tierra.

Armando Murad
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 145

El puñal

A margarita Bunge

En un cajón hay un puñal.

Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristi Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a  apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal.

Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige por que el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

Jorge Luis Borges
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 142

El arca de Noé

Y mientras el arca se alejaba, Noé contempló largamente aquellos animales que se empecinaban en no subir. Quería conservar, al menos en la memoria, la imagen de aquellas especies que el hombre no conocería. Así esperaron con dignidad el ascenso inexorable de las aguas: el unicornio, el ave fénix y el dragón, la arpía, el basilisco, el grifo, el ave roc, pegasos, centauros, sirenas y quimeras…

Elva Macías
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 139

Marco Antonio Campos

Marco Antonio Campos (México, 1949) es un autor que responde al doble perfil, ya unánime, de figura a la vez mediadora y productora que se inserta en espacios canonizadores como parte de la historia de su recepción personal. Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México Campos ha sido editor –revista y colección Punto de partida, en la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM (1973-1979)–, jefe del Departamento de Talleres, Conferencias y Publicaciones Estudiantiles de esa misma Dirección (1981-1986), Director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM (febrero de 1986-febrero de 1988), colaborador en suplementos culturales de diarios y revistas como El Heraldo de México (1972-1977), Proceso (1977-1985), UnoMásUno (1987-1993) y Revista de la Universidad Nacional (1989-1993), así como del semanario Siempre! Ha dado conferencias sobre autores mexicanos y latinoamericanos en universidades e instituciones de Estados Unidos, Bélgica, Francia, Canadá, Austria, Hungria, Uruguay y España, con temas tales como “Tres poetas mexicanos: Jaime Sabines, Alí Chumacero y Rubén Bonifaz Nuño”, “Mito y poesía entre los mexicas” y “Juan Rulfo y José Revueltas: dos narradores mexicanos”; tiene una importante trayectoria como traductor, como lo testimonian las becas otorgadas por el Collége International de Traducteurs Littéraires, en Arles, Francia; ha sido profesor de Literatura Griega, Literatura Mexicana, Introducción al cuento, Introducción a la Novela y Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana; Lector Huésped en el Instituto de Romanística de la Universidad de Salzburgo, Austria, donde impartió clases de Literatura Mexicana, Poesía Mexicana e Historia del México Antiguo; Lector Huésped enla Universidad de Viena , donde impartió cátedras de Literatura Mexicana, Historia del México Antiguo y Sistema Político Mexicano; Profesor Asociado Visitante en Brigham Young University, de Utha, en los Estados Unidos, donde impartió clases de Literatura Mexicana e Introducción a las Literaturas Hispánicas, así como Profesor Invitado dela Universidad de Buenos Aires y de la Universidad deLa Plata, donde dio cátedra en Narrativa y Poesía mexicanas.

Es autor de ocho libros de poesía, tres novelas, dos volúmenes de entrevistas, un tomo de crónicas, diez antologías, traducciones de Ungaretti, Rimbaud, Baudelaire, Marin Sorescu, Cardarelli, André Gide, Ubmerto Saba y Arlos Drumond de Andrade; su obra cuentística se compila en dos volúmenes, La desaparición de Fabricio Montesco y No pasará el Invierno. Ha recibido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005), y en España el Premio Casa de América (2005) por su libro Viernes en Jerusalén. En 2004 se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile. [1]


[1] Tomado de Vital, Alberto, “Espacios canonizadores de la literatura mexicana (El caso de Marco Antonio Campos)” en Navarro, Luis Alberto et. al., Ni cuento que los aguante (La ficción en México). Edición, prólogo y notas de A. Pavón. México, Ducere S.A. de C.V. (Serie Destino Arbitrario, 14), 1997, pp. 143-151.; http://amediavoz.com/campos.htm y http://www.elcalamo.com/campos.html

El canto de las sirenas

A Julio Torri y

Salvador Elizondo

Cuando llegué a la isla creí que las sirenas me esperaban desde siempre. Yo, que huía de mí, de una mujer, de los días de fracaso que caían en mi sangre como la luna en el mar, buscaba perderme en la espesura de su canto. ¿La causa? —preguntarán. Fue desde aquella mañana de invierno cuando supe que el amor era un engaño de la sangre; cuando supe que la ternura o la piedad eran dos fieras inútiles en las selvas del hombre, por eso quise perderme; por eso quise escuchar su canto, que aún siendo el más dulce, el más hondo, será para mi, de todos modos, un pretexto más para la tristeza. Yo quiero oírlo, ya…

Estoy cruelmente satisfecho. Me doy cuenta que incluso en la destrucción se puede hallar la felicidad. Sonrió al recordar el pasado, aunque en esa sonrisa —no hay remedio— haya el signo de la derrota. Pero que importa, ¡bah! Me muero de tristeza y de rencor.

Miro el atardecer; los dientes blanquísimos de las olas, las nubes que empiezan a calcinar con sus dedos las ramas del horizonte. ¿Las voces? ¿Las voces? ¡No se oyen ya las voces! Grito desesperadamente. El barco pasa.

Lloroso, impotente, lo evidencio: las sirenas no cantaron para mí…

Marco Antonio Campos
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 137

La fuga

Intenta darle vueltas al tornillo de la carátula; resulta inútil, es la obra de un buen relojero. Regresa para escurrirse entre los engranes y espirales mecánicos. Encuentra el brazo del péndulo, se desliza por él. Alguien olvidó cerrar con llave la pequeña puerta interior, no fue difícil abrirla. Y por fin, pudo el tiempo escapar de aquel viejo reloj.

Rafael Zamora Perales.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 138

Juan Aburto

(Managua, 1918 – México, 1988)

Narrador nicaragüense que ha sido considerado por su obra como uno de los pioneros del cuento moderno. Aunque viajó por América y Europa, vivió en Managua y fue funcionario del banco nacional. Como escritor, se relacionó con autores de todas las generaciones literarias posteriores al movimiento de vanguardia (1927-1932).

Su cuentística incorpora el mundo urbano aún en estadio provinciano de la capital, enla Managuade1920 a1960. Sus héroes o antihéroes son los gerentes y empleados de bancos y los acalorados habitantes de las barriadas. Su versión del habla nacional es ciudadana, dentro de un español general.

Entre la provincia y la capital, entre la recreación de la mitología de los “cuentos de camino” y sus anticuentos infantiles, y la factura de formas breves, ingeniosas y fantásticas, se encuentra el punto de apoyo desde el cual se impulsa y manifiesta su narrativa. Entre sus obras se hallan El convivio (1975), Se alquilan cuartos (1975), Los desaparecidos (1981) y Prosa narrativa (1985). Falleció en México D.F. durante la celebración del Encuentro de Narradores Latinoamericanos.

Miedo

—La vibración de la luz, la impresión de un momento diabólico. ¡Pánico! Sí, esto es lo que el artista representa en este cuadro con rápidas pinceladas —el orador oficial seguía en su discurso rodeado de colores, artistas y críticos, sobre todo críticos de arte.

—¡Pánico! Qué sabrás de pintura —la voz provenía de la parte izquierda del salón; todos se dieron vuelta, pero ya no se veía ni escuchaba nada.

La sala estaba decorada en un exquisito gusto florentino; de las arcadas superiores pendían caireles del bajo renacimiento y más abajo aún, como una ofensa, el saco gastado y brilloso de Amadeo Polarín que permanecía sentado sobre los finos mármoles de la escalera; sus ojos trataban de romper los sobrios colores de la gente amontonada delante de su obra.

Los críticos más avezados no dejaban de elogiar la pintura de Amadeo Polarín, que seguía allí, escondido y murmurando: —Son unos miopes—

Los “entendidos”: —Es el impresionismo de principio de siglo—

Un periodista: —Lástima que no esté aquí el autor.  ¡Miren ustedes las grietas de esas paredes, los chicos corriendo con ese miedo que nos llega a nosotros!—

Un periodista de arte, del diario Clarín, agregó: —Es más espantoso que GUERNICA, por algo le dieron el primer premio—

—Fue el pintor de los últimos años que con más fidelidad interpretó el miedo en colores y formas impresionistas— dijo otro, casi gritando.

Abajo, Polarín hablaba en voz baja: —¡Qué torpes! ¡Yo justamente interpretar el miedo! Elevándola a medida que sus nervios le aumentaban la rabia. Rabia que estalló de golpe y parándose en medio del salón: —¡Pero ustedes son ciegos! —y agarrándole la mano a un periodista, prosiguió, haciéndole señalar su cuadro:

—Ustedes, expertos en arte, que vieron grietas en las paredes, miedo en la gente que no es más que el miedo de ustedes, pasaron inadvertidos los ojos de esta chica que está sobre la ventana. ¡Fíjensen, fíjensen en el celeste de esos ojos!

Nuria Pérez
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 563

Las horas deleznables

De vuelta, después de mi larga ausencia, la vi acechando mi paso en la calle y las venas se me hincharon de resentimiento.

Ella me dijo: —Necesito hablarte…

Entonces palpé levemente mis ropas y respondí: —No tengo tiempo…

Esa fue sólo una verdad a medias porque, al llegar a casa y vaciar mis bolsillos, hallé, que de las horas pasadas, aún me quedaban unos minutos sueltos

José Antonio
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 561

La lluvia

Se habían pronosticado épocas de grandes lluvias y, efectivamente, en el momento previsto comenzó a llover.
La lluvia tenía un ritmo acostumbrado y no le prestamos demasiada atención. Nos recogimos al resguardo de su intimidad. Llamaron a la puerta, abrimos y el aspecto de nuestros amigos nos turbó.
Antes de empezar a hablar, supimos que la lluvia caía hacía arriba.

A. F. Molina
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 559

Exactitud

—¡Por las barbas de Jehová! —gruñó el anciano—. El correo anda muy mal. Acabo de recibir una carta fechada el 5 de Octubre de 1895, fecha de mi nacimiento.

—Te equivocas, querido —le contestó la anciana—. El correo de hoy en día es muy eficiente. Esa fecha corresponde al día de tu fallecimiento.

Alfredo Cardona Peña
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 555

El enmascarado

El hombre enmascarado contempló fríamente a su víctima. Lo observó detenidamente como calculando fuerzas y ventajas. Tomó el filoso cuchillo y a sangre fría dio el golpe sin importarle los testigos que mudos de espanto le miraban hacer:

¡Había iniciado su delicada operación quirúrgica!

Ricardo Fuentes Zapata
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 554

La mujer ideal

Estacionó el automóvil a la orilla de la autopista. Descendió para descansar unos instantes, pues llevaba varias horas manejando y dirigió sus miradas a aquel hermoso paraje en el que destacaba un manantial de aguas cristalinas, al cual encaminó sus pasos. Nunca se imaginó que ahí, jugueteando en el agua, iba a encontrar a aquella bellísima mujer, luciendo toda su esplendorosa, divina desnudez.

Toda su vida había buscado, en vano, una mujer así y ahora, cuando ya había perdido las esperanzas de encontrarla, inesperadamente aparecía. Ahí estaba. Exactamente igual a la mujer de sus sueños: la mujer ideal.

Se enamoró de ella, la sedujo, se casaron. Pero no fueron felices porque el no era el hombre ideal.

Amós Bustos Torres
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 550

Juan José Domenchina Moreu

Juan José Domenchina Moreu

(Madrid, 18 de mayo de 1898 – México, 27 de octubre de 1959),

Hijo de una familia de ingenieros de caminos, en su ciudad natal estudió bachillerato y Magisterio en la Escuela Normal de Toledo, donde obtuvo un título de maestro nacional que nunca llegó a ejercer. Desde muy joven colaboró como crítico literario en periódicos y revistas tan importantes como Los Lunes de El Imparcial, España, La Pluma (dirigida entonces por el que sería su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, y Manuel Azaña), Revista de Occidente (Fundada por Ortega y Gasset) y El Sol. Fue crítico literario de este último diario, para el que usó el seudónimo de Gerardo Rivera. Durante la República fue asiduo de la tertulia del Hotel Regina. Conoció a Azaña en 1921 en la redacción de La Pluma, y cuando éste funda Acción Republicana en 1925, cuenta con el poeta Domenchina, al igual que hará en 1934, cuando se funda Izquierda Republicana; elegido presidente, fue secretario particular suyo. Pero dimitió en 1935 por razones de salud, ya que padecía fuertes dolores reumáticos que en ocasiones llegaban a dejarle paralizado. En junio de 1936 fue nombrado delegado del gobierno del Instituto del Libro Español. En noviembre de 1936 se casó con la también poetisa Ernestina de Champourcín, a la que había conocido en 1930. Al ser nombrado jefe del Servicio Español de Información creó el Boletín de Información y el Suplemento Literario del Servicio Español de Información, en el que colaboró Antonio Machado. En enero de 1938 fue nombrado secretario del Gabinete Diplomático de Azaña hasta su dimisión. Cuando ya terminaba la Guerra Civil estuvo en Valencia con el gobierno republicano y Domenchina fue miembro del Consejo de Colaboración de la revista Hora de España; ya en Barcelona, colaboró en las páginas de La Vanguardia. Domenchina y su mujer se exiliaron en febrero de 1939, primero a Francia (estuvieron tres meses en Toulouse, luego en París y por fin en México, donde Azaña le consiguió un puesto en la Casa de España dirigida por Alfonso Reyes), y allí, acompañado por su mujer, su madre y su hermana, ambas viudas, y sus sobrinos Rodrigo y Encarnación, trabajó en labores editoriales, de traductor sobre todo; murió de enfisema pulmonar el 27 de octubre de 1959 y está enterrado en el cementerio español de la capital mexicana.

Obra

Como poeta recibió una sólida formación y tuvo un estilo muy personal vinculado al conceptismo y al barroco (fue un gran lector de Quevedo), y fue de los más tempranos al publicar un libro de versos, Del poema eterno, 1917, con prólogo de Ramón Pérez de Ayala. Siguieron Las interrogaciones del silencio (1918) y alcanzó la fama con La corporeidad de lo abstracto (1929), en su mayor parte una serie de sonetos de complicado lenguaje, sobre todo por su léxico, con prólogo de Enrique Díez Canedo, y donde intenta dar cuerpo a una serie de emociones y conceptos, siguiendo el precepto de Valery de que la poesía debe ser “una fiesta del intelecto”. Ya Melchor Fernández Almagro, al reseñar en 1930 este libro, señaló que «son muchos los versos de Domenchina que quedan inválidos»; les faltaría «sentimiento e intuición»; les sobraría feísmo expresionista, involuntaria comicidad: «Abdominia (¡!),dispepsia, polisarcia. / (Diagnóstico moderno.) ¡Es natural! / Rotos cacharros de su ajuar, ¡qué jarcia! / Abulia. Ignavia. Vacuidad mental». Continuó en la lírica con El tacto fervoroso (1930) y Dédalo (1932), próximo al surrealismo y escrito en versículos. Dividido en treinta partes, cada una correspondiente a las letras del alfabeto, en Dédalo se asiste al desfile de todas las pasiones humanas que, ocultas en lo más recóndito del subconsciente, estallan en forma de los siete pecados capitales: gula, avaricia, pereza, lujuria, ira, envidia y vanidad. Esta preocupación por atraer al mundo material los entes que dominan el espíritu humano ya se había manifestado en el poemario anterior, La corporeidad de lo abstracto (1929), especialmente en la sección titulada “Caprichos”, que exponía en treinta y dos estampas las virtudes y vicios.

En 1933 publicó Margen y en 1934 reunió sus Poesías completas (1915-1934) con sólo 36 años. Gustó especialmente de la poesía de Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry y Miguel de Unamuno; poeta frío, culterano, barroco, muy intelectual, sobre todo antes de la Guerra Civil. Esta etapa puede considerarse cerrada con la selección de sus poemas que llevó el título de Poesías escogidas (1915-1939), publicada porla Casa de España en México, en 1940, con un curioso retrato del autor por José Moreno Villa.

El exilio le vuelve un poeta existencial y doliente, retoma el estrofismo clásico (sonetos y décimas sobre todo y algún romance). Cambia por completo: con empaque quevediano, añora la patria perdida (su natal Madrid, muy especialmente), lamenta la fugacidad de la vida, aguarda con estoicismo la embestida de la muerte. Hay sobriedad léxica (renuncia, por fin, a rebuscar en los sótanos del diccionario). Con El diván de Abz-ul-Agrib juega al apócrifo inventándose un poeta oriental que compensa bien, con sus alardes coloristas y metafóricos, la monótona y obsesiva sequedad de su poesía última. De la desesperación viene a sacarle la fe; aparece el tema religioso en sus últimos versos. Puede decirse, pues, que dentro de la larga etapa del exilio hay una subdivisión; si los primeros libros muestran a lo vivo la angustia del que se siente arrancado de su suelo y sufre, hay un momento que respira dentro del mismo cuadro nostálgico y evocador una tregua de paz, de esperanza, que viene a apuntalar la fe recobrada:

Suavizar la sentencia

Lo había planeado todo perfectamente. Ahora, sin embargo, se encontraba prisionero. “Fínjase loco —le había aconsejado su abogado—, y así podremos suavizar la sentencia”. Y así lo había hecho. En el tribunal, frente al juez, ante la posibilidad de negar su culpabilidad, se limitó a extraviar la mirada sobre las imágenes que iba formando en su memoria (el cuerpo de su mujer, el ensangrentado cuerpo de su mujer, retorciéndose y pidiéndole perdón por su infidelidad, suplicándole), a reír incoherentemente, a balbucir palabras carentes de sentidos. Y él, al encubrirse, descubría en sí mismo una extraordinaria habilidad para engañar a los demás.

“Todos me creyeron loco —piensa ahora en su celda—, a todos los engañé y me dejaron en paz”. Y excitado, presa de una extraña expectación, se recuesta sobre la litera maloliente y enmohecida. “A todos los engañé —se repite, sintiendo el mismo cosquilleo sobre sus pies—, a todos, menos a estas malditas”; y con las manos, desesperadamente, trata de librarse de esas hormigas gigantes, monstruosas, que desde entonces ascienden por cientos a lo largo de sus piernas haciéndole saltar, correr, gritar aterrorizado (¡es ella!, ¡ella las manda!”); que ascienden incontenibles, con sus crujientes cuerpos azules salpicados por la sangre de su mujer, sobre su cuerpo maltrecho y angustiado. “A todos, menos a estas malditas”, solloza, desplomándose impotente sobre el sucio suelo de su celda.

Sergio González Salvador
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 549

Voló, voló y…

Pasaba aquel extranjero frente a uno de tantos bazares de Calcuta y entró, atraído por la gran cantidad de objetos de toda clase que estaban en venta. Una hermosa lámpara de aceite, de estilo antiguo como la de Aladino, atrajo sus miradas; la levantó con cuidado y, distraídamente, la frotó. Entonces la tapa de la lámpara se movió y surgió un dedo ensortijado que le llamaba; acercó la lámpara a sus ojos sumamente intrigado y una voz, casi un susurro, le dijo:

“!Oh Amo! Me has llamado y debo salir, pero si lo hago, toda esa gente que te rodea se dará cuenta de que la lámpara que sostienen tus afortunadas manos, contiene un poderoso genio y el dueño del bazar no aceptaría nunca vendértela; por lo tanto, es más sensato que vayas y disimuladamente la compres”.

Así lo hizo. Corrió a su hotel y encerrándose, frotó ansiosamente la lámpara maravillosa y un imponente genio apareció ante sus asombrados ojos, el cual, con voz solemne y autoritaria le dijo:

“Estoy autorizado a concederte un deseo, pero sólo uno: así que piensa muy bien lo que vas a pedir, porque después regresaré a la lámpara y no volveré a salir hasta dentro de un milenio”.

Y como su máximo deseo había sido volar como las águilas, pidió que le concediera un par de poderosas alas que le permitieran remontarse a las alturas, a través de las blancas nubes y vagar entre el azul del cielo. Y helo ahí, convertido en la atracción principal del zoológico de Singapur.

Amós Bustos Torres
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 547

El Libro

Cada pájaro que caía al suelo se hacía invisible. Cada piedra que ascendía del suelo se convertía en un pájaro.

En el lugar de las piedras aparecieron letras.

Entonces unos hombres comenzaron a recogerlas y se oía decir que las estaban ordenando para hacer con ellas un libro…

A. F. Molina
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 553

Norberto Luis Romero

Norberto Luis Romero. Natural de Córdoba, Argentina, reside en España desde 1975. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. En 1983 publicó Transgresiones. En 1996 El momento del unicornio, reeditado en 2009. En 1996 Signos de descomposición. En 1999 La noche del Zeppelín. Y en 2002  Isla de sirenas. En 2003 Ceremonia de máscaras y The last night of carnival, relatos con traducción de H.E. Francis. En 2005 Bajo el signo de Aries. En  2008 el libro de cuentos El hombre en el mirador,  y Emma Roulotte, es usted, en 2009. En 2010  The Arrival of the Autunm in Contanstantinople.

Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania, y tanto sus narraciones breves como sus novelas han merecido reconocimientos tanto por su estilo directo y ágil como por exhibir siempre una temática nada convencional y muy arriesgada.

El cazador de sirenas

—¿Y, es difícil encontrarlas?
—No, si usted supiera, es sencillísimo.
—¿Y son realmente como dicen, mitad humana y mitad pez?
—Sí, claro, así son.
—¿Y son muy difíciles de pescarlas-cazarlas?
—No, no, de lo contrario.
—¿Y entonces qué?
—Es muy difícil saber que hacer con ellas después de agarrarlas.

José Gilberto Hernández Ramírez
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 532

La bailarina

(A Olga)

Noche a noche, a la misma hora, como un ritual, la bella y dulce bailarina danzaba al compás de una suite de Tchaikowsky. Siempre a la misma hora, la misma música, los mismos pasos. Era tal la gracia de su danza que cautivaba a ese selecto grupo que noche a noche tenían el privilegio de verla bailar.

Una noche la música cesó de pronto. La frágil figura quedó inmóvil, con una pierna extendida, iniciando un paso que no terminó. Sus admiradores la olvidaron.

Ahora, la bailarina espera —arrumbada en una empolvada vitrina de bazar— que alguien se acuerde de ella, repare el complicado mecanismo de la cajita musical… vuelvan así a sonar las notas de Tchaikoswky, y ella reanude su grácil danza.

Salvador Herrera García
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 527

El experimento

Entonces se reunieron los más destacados genios de la Unión y construyeron un detector electrónico superarchirrecontrasensitivo. Hicieron muchos experimentos con personas que voluntariamente se sometieron a ellos. Grande fue su sorpresa —pues todos eran materialistas— cuando lograron detectar algo que al principio les pareció indefinido, vago, confuso. Sin embargo, después de laboriosos esfuerzos, pudieron captar nítidamente en cualquier persona eso, llamado desde tiempos inmemoriales, “alma”. El siguiente paso consistió en tratar de extirparla sin causar la muerte y cuando se sintieron capaces de hacerlo, escogieron cuidadosamente a la persona idónea para ello. La sometieron al tratamiento y el éxito fue rotundo: ¡lograron extirparle el alma! La enrollaron, la envolvieron en un papel especial previamente preparado y lo guardaron en la caja fuerte del laboratorio. Sin embargo, nadie supo cómo, pese a que se tomaron toda clase de medidas de seguridad, el alma escapó. Algunos aseguran haberla visto vagar por diferentes lugares.

Respecto al hombre sin alma, se convirtió en un gran estadista; gracias a ello ha desarrollado una brillante carrera política que lo ha llevado a ocupar actualmente la Presidencia de la URCSM (Unión de Repúblicas Confiadas en Sí Mismas), y dicen que está preparando un plan infalible para gobernar al mundo.

Amós Bustos Torres
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 525