Felipe Garrido

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Con la tradición de magníficos escritores jaliscienses, desde hace más de treinta años es maestro de Literatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha dictado conferencias y cursos en numerosas ciudades de México y de otros países. Ha sido gerente de Producción en el Fondo de Cultura Económica, director de Literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la UNAM, director del programa Rincones de Lectura en la SEP, y de Publicaciones en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Bajo su coordinación se realizó el libro Historia de México, vigente en primaria. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido tiene en su pluma palabras que atrapan desde el inicio, como un coloquio íntimo, una plática entre cuates. Prosa excesivamente cuidada para dar sensación de sencillez. Entre su obra de textos breves está Garabatos en el agua, selección de los que publicaba en el suplemento cultural Sábado. Son prosas llenas de imágenes poéticas donde hay un puente tendido entre lo real y algo que está un poco más allá de la realidad. Textos que se gozan al leerlos y después dejan un sabor de otredad, de humor inteligente que va corroyendo las conciencias

Actores

Señor director:

Me permito dirigirle estas líneas en vista de los acontecimientos de las últimas semanas. Me temo que, a pesar de su gravedad, no han sido debidamente resaltados ante su intención. Lamento, sin embargo, no hallarme en posibilidad de presentar una relación cronológica de lo sucedido. Le garantizo que la puesta en escena fue debidamente ensayada, los actores conocíamos bien nuestros papeles, el elenco fue elegido con el cuidado de costumbre y el público no presentó jamás síntomas que pudieran alarmarnos. En realidad, la obra corrió por algún tiempo sin que nada extraño ocurriera. Luego, no sé en qué momento, esto comenzó a suceder. Quiero decir que una noche el actor que despierta a mitad del primer acto estaba tan profundamente dormido que no hubo manera de hacerlo reaccionar. Que en la siguiente función, los vasos y las botellas estuvieron llenos de ron auténtico y un par de compañeros terminaron debajo de una mesa. Que esta tarde el enfrentamiento a puñetazos con que abre el segundo acto terminó con una nariz fracturada… Señor director, los actores vamos enloqueciendo. No representamos, vivimos en escena. Atienda usted mi súplica y termine esta situación. Hasta ahora —pero ¿cuánto tiempo más?— han sido de salva los tiros con que me suicido en la escena final.

Felipe Garrido
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 625

Legítima obsesión

 

El guardián permanece expectante ante el condenado del pabellón de la muerte. No debe descuidarlo un segundo durante la noche. Está en capilla. Van a ajusticiarlo al amanecer.

Los dos son formidables hipnotizadores y el guardián es el único que puede resistir y contrarrestar el embate a que lo somete el condenado con sus visiones y transfiguraciones fantasmagóricas.

Con los ojos fijos los dos se acometen. El mundo de lo alucinante parece al fin agotar sus recursos. Y siguen en pie las rejas, el guardián y la hora que aproxima la muerte.

Un endriago surge de repente en medio de un torbellino de fuego y golpea contra la frente del guardián. Pero el guardián como una roca permanece impasible.

A la hora del ajusticiamiento aparece el director de la prisión con su séquito de oficiantes y testigos. El reo se deja conducir mansamente a la cámara. Al entrar se produce una fugacísima confusión. Todos tienen la cara del director.

Pero la realidad es prontamente restituida por obra y gracia del guardián. Sientan al condenado en la silla. Lo ejecutan. Los testigos salen luego entre pesarosos y confusos. El director es colocado en el cajón de pino. Un poco más tarde el reo y el guardián se retiran de la cárcel.

Emilio Sosa López
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 598

Desconocimiento

Desconocimiento: Audio de Radio UNAM

Observé como se abría, en medio de chirridos escalofriantes, la polvorosa tapa del ataúd. Se levantó y su silueta inundó la penumbra de la cripta cuando caminó implacablemente hacia mí.

A la vez que sofocaba los intentos de fuga de mi corazón, levanté el crucifijo y lo sostuve ante él… pero siguió avanzando. Con expresión intensa de ironía me preguntó:

¿Nunca oíste hablar de vampiros ateos?

Roberto Ramón Reyes Mazzoni
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 600