Adolfo Castañón

Adolfo Castañón  nace en 1952 en México, pero es un pensador universal. En un sentido borgiano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego visionario “no hay placer más profundo que el que provoca el pensamiento”. Aurelio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Castañón, quizá no haya persona más esencialmente literaria que él. En Castañón, oralidad y literatura, pensamiento y expresión, intuición y sintaxis, surgen como simultánea profundidad y superficie”. Cultivador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, La batalla perdurable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante. Toda sus escritos poseen el secreto de saber que la palabra es sagrada.

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El hombre de las gelatinas

Cierto vendedor de gelatinas me comentó alguna vez: “Algunas personas van al foot-ball y al volver a casa, encienden la TV para comprobar si lo que vieron fue cierto. Por la mañana compran el periódico leen si se escribe efectivamente lo que vieron. Todo esto les impide pensar en vender gelatinas. Esa afición los elimina como mis eventuales competidores. Yo le doy gracias a Dios y no me quejo”
Adolfo Castañón
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 602

Hora de nadar

Por fin lo admitió; estaba enferma. Lo que en su principio habían sido simples manifestaciones de sus problemas, ahora eran graves trastornos orgánicos. Por la noche tardaba en conciliar el sueño, ya que los latidos de su corazón eran perturbadores. La sangre era empujada a recorrer venas y arterias con tal fuerza, que Cristina aseguraba que cada latido sería el último. Mientras más trataba de controlar estos movimientos más se aceleraban. Finalmente, después de horas, conciliaba el sueño.

Por las mañanas otros eran sus síntomas; cualquier problema lo hacía suyo, y sufría por resolverlo. Tenía dolores de cabeza que se apoderaban de ella. Ya los conocía bien, podía describirlos con todos sus detalles, los tenía clasificados por secciones de dolor, intensidad, frecuencia  y momento de aparición. Uno era el ataque de una enorme aguja de tejer que se incrustaba en el cráneo en la parte posterior derecha. Otro era como toques eléctricos en las sienes. Algunos le impedían el habla, otros la dormían por horas enteras o le provocaban nauseas. Había aprendido a vivir con ellos, pero a veces lloraba desesperada, rodeada de un sentimiento de temor.

La medicina no funcionaba, pero había descubierto que su tensión disminuía cuando su mente viajaba. Esta se detenía admirando las flores y paisajes que imaginaba. Las cascadas y el mar eran sus visiones preferidas. Escuchaba perfectamente los sonidos del agua, percibía su olor y la frescura del ambiente. Disfrutaba imaginándose que chapoteaba y se zabullía en el agua sin cesar. Después flotaba tranquilamente de espaldas, acariciando el agua.

La encontraron sentada en su oficina con trabajo por toda su alrededor. Estaba fría, dura, con los párpados abiertos y una expresión tranquila en su rostro. Era su hora de nadar.

María Luisa Pérez Tovar
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 607

Como nueva

Va a ser un día bueno, la pierna no me duele. Ya cálmate, Otelo, y deja de arañarla cama. Mira nada más que escándalo sólo porque se me hizo tarde. ¡Vaya si ha mejorado la medicina en los últimos tiempos! Pensar que unas simples gotas: fueron veinte: diez anoche y diez anteanoche. De cualquier manera son poquísimas para sentirme quinceañera. Y de chiquita todo me lo querían curar con purgas y emplastos. Todavía no entiendo mi enfermedad: de día voy y vengo y nada me molesta. Nomás me acuesto y empieza la dolencia, cuando debería ser al revés. Hace añales que no dormía en calidad de tronco. Las nueve… pobrecitos canarios, aún tapados. Si me habla doña Finita le voy a recomendar las gotas, he de preguntarle a Bertha dónde me las compró, son preparadas por que el pomo no tiene letrero de ninguna farmacia. No cabe duda que ella se porta muy bien conmigo a últimas fechas: pasarse aquí toda la tarde hasta que me acuesto, no cualquiera, por sobrina que sea. Y es más que suficiente; no tiene caso que abandone al marido por venirse a dormir. Es bueno el encaje pero no tan ancho. Para que vea que le agradezco podría decirle lo de mi herencia para ella… y si luego cambio de opinión como pasó con su hermana. Ya veremos. ¡Estupendo! Mi espalda amaneció perfecta. Es increíble me levanto que no peso una onza, mientras allá abajo sigo acostada en la cama. Bertha me mira desde la puerta. ¿Cómo entraría si ella no tiene llave?

Teresa de Riggen
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 603

Cría Cuervos…

Con tanto amor que los alimentaste, los viste crecer, los estimulaste en sus titubeos, los cuidaste de los peligros, los velaste cuando estuvieron a punto de morir.

¡Para que ahora te salten al cuello y te estrangulen sin misericordia! ¡Malditos miedos!

José Alfredo Monroy Pinedo
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 609