El aristócrata

Mientras las llamas crepitaban en la chimenea del oscuro salón, el vampiro volvió sus ojos de un violeta fosforescente hacia el periodista que lo entrevistaba atemorizado. Se le oyó musitar tristemente, inclinándose sobre él:
—La verdad es que no me duele tanto que la gente ya no crea en vampiros, sino que ya no crea en los condes.
Roberto Ramón Reyes Mazzoni
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 668

Teoría

Y como nunca los aplaudían, hastiados del anonimato abandonaron sus conchas y se fueron por el camino del olvido.

Desde entonces, actrices y actores mejoraron su memoria. Así se extinguió, por puro capricho, el viejo oficio de apuntador.

Fernando Pérez Torrescano
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 663

Un pacto roto

Tocó a la puerta por tercera ocasión. Yo dudaba entre ocultarme en el baño o enfrentarlo abiertamente; no me interesaba más el pacto. Tenía un boleto de tren para partir en la madrugada hacia Tierra Caliente.
A la cuarta llamada abrí con violencia y vi al quebrantahuesos: sus ojos, lejos de parecer amenazantes, imploraban. Me ofrecía el cuerpo laxo de una jovencita rubia, no mayor de quince años. ¡Ese cuerpo ya está maduro!, le grité cerrando la puerta de golpe. Corrí hasta la recámara, abrí la ventana, cogí la valija y me deslicé con dificultad por la tubería amarilla. Mientras intentaba alejarme por la solitaria calle, alcancé a escuchar al quebrantahuesos que chillaba golpeándose contra la puerta del pasillo.
Humberto Rivas
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 661

La palabra y las furias

La predicción de la tormenta fue tan perfecta como un epitafio cincelado en el crepúsculo turbio. El viento comenzó a correr anoche como una bestia perseguida, desmembrando árboles y alterando el rumbo de los barcos perdidos. Las casas, más desamparadas que los últimos académicos con sombrero, no tuvieron manos para sujetarse la techumbre amenazada de huracán.
Ante los pájaros que mueren incrustados en las ventanas, tú te olvidas de las oraciones y conjuros que aprendiste cuando eras niña; me miras, incrédula, de que hemos sido uno y ahora somos dos.
Esto es el presente: la prolongación de nuestra esperanza frente al ayer, el lejano y breve ayer tramado de sueños y festines, ausente a la total existencia de las máquinas sin ideales.
Además del puente de la palabra amor, quizá nos quede tiempo para tejer una red de silencio que nos proteja de las interrogaciones cósmicas, a la manera de los libros sagrados, que se cierran para no presenciar el cumplimiento de tanta irresponsable profecía.
Roberto Bañuelas
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 655

Pedro I

Se miró al espejo y se negó tres veces. En primer lugar, me dijo, no te conozco; en segundo, yo llegué aquí primero; y en tercero, tu lugar es detrás del espejo, y detrás del espejo no hay nada. Para probarlo, pasó la mano detrás del espejo y tocó con su mano otra mano que lo asió con firmeza y tiró de él con fuerza inaudita mientras su imagen en el espejo comenzaba efectivamente a desaparecer.

Guillermo Farber
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 649