Escenas sin público

Nadie oye, porque las novelas terminan demasiado pronto o porque los talones se apresuran a descender, nadie oye los gritos de Emma Bovary a su marido:

—No te des esos aires de mártir, de alma honrada, de esposo sacrificado. Si yo no me hubiese hecho la loca yéndome por ahí con otros hombres, no habrías tenido la menor oportunidad de mostrarte abnegado. Habrían salido a relucir tus propias infidelidades. Tu buena reputación depende de mi mala reputación. Entonces ¡basta de poner conmigo esa cara de buena persona! Me la debes a mí.

Marco Denevi
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 689

Lot

La estatua fue descubierta a escasa profundidad. Era efectivamente de sal, y se encontraba en muy aceptable estado de conservación. Se decidió no moverla. Improvisaron un cobertizo para protegerla del sol y del viento, y se dio la noticia al mundo entero. En cosa de días empezaron a llegar los especialistas, al reclamo de esa primera pista arqueológica sobre la destrucción de Sodoma. El examen radioscópico preliminar descubrió debajo de la túnica un cuerpo humano de sexo masculino, al parecer joven, de conformación normal, estatura media…

Guillermo Farber
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 677

Contraseñas para un clásico


Yo sólo buscaba un escritor, varios me fueron señalados. Entre ellos había contorsionistas y profetas, mayordomos, militantes y hombres que daban la hora cuando uno se las pedía. Todos eran simpáticos, secretamente serviles. Vivían de las palabras pero languidecían porque nadie tomaba en cuenta sus ideas. Uno de aquellos hombres, un alegre mercenario, me recomendó ir al panteón. Pero busqué en vano. Fui a desenterrar a un hombre y encontré un diccionario.

Adolfo Castañón
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 677

El resplandor

El hueco negro en la pared blanca. Por aburrimiento lo vio, por curiosidad se acercó. Era pequeño. Metió un dedo, el hueco creció y se hizo más negro. Empujó su mano, el hueco creció aún más; introdujo su cabeza y su cuello, el hueco brillaba en su negrura. Introdujo el tronco y las piernas.
La vecina chismosa tocó a la puerta; quería saber que había causado ese momentáneo resplandor. Nadie le abrió.

Noemí Muciño Fabela
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 675

Ellas

Al entrar la encontré alicaída y nerviosa.

—¿Te pasó algo?— le pregunté, saludándola.

—No, nada… Bueno… sí. Me cansaron y se lo dije a él, esta mañana.

—¿No te precipitaste?

—Les tomé tanto cariño y… ¿no crees que merecí de ellas un mejor comportamiento?

—Deberías haber esperado. Con un poco de paciencia y tiempo, quizás…

Su rostro se entristeció aún más. Intenté cambiar de conversación. Insistió con ansias de catarsis:

—Les he prodigado mis cuidados, como una madre verdadera. Me desvelé por ellas. Y ya vez, nada he logrado. Siempre indolente. No sé si te acuerdas en que estado llegaron cuando él las trajo a casa, al decidir nuestra unión. Les dí amor y el calor de un nuevo hogar. A ellas no les importó. Por eso, esta mañana, al fin, me animé a decírselo.

—¿No estará exagerando…?

—No. Que se las lleve, le dije. Que las devuelva a su suegra, le dije… ¡ya me tienen hastiada estas plantas!

Cristina Turégano
No. 111-112, Julio-Diciembre 1989
Tomo XVII – Año XXVI
Pág. 669