Alfredo Cardona Peña

Alfredo Cardona Peña nació en San José el 11 de agosto de 1917. Cuando tenía trece años partió con su familia hacia El Salvador; al regresar en 1933, entró en contacto con Joaquín García Monge, quien editó una antología con sus poemas y convenció a su familia de que lo enviasen a México.

Con 23 años hizo sus primeras armas en el periodismo en el diario Novedades, donde participó en las secciones: editorial y de crítica literaria. Sus crónicas caminaron por medio México, entraron en los barrios pudientes, pasaron por el quinto patio, dieron cuenta de su edad de oro. Acaso ese contacto, prácticamente cotidiano, con artistas, escritores e intelectuales de talla continental y mundial, explica su obra generosa en número y méritos. En 1950 inició una serie de entrevistas semanales con Diego Rivera, algunas verídicas, otras imaginarias, que luego recogió en el libro El monstruo y su laberinto.

Como periodista, además de columnista en México, fue colaborador en Costa Rica del periódico La Nación y del semanario Universidad, sin olvidar que probó suerte en el ensayo literario con un análisis de la poética nerudiana. En unos y otros oficios, Cardona Peña se mostró poseedor de una cultura amplísima, especialmente en cuanto a literatura y poesía, y de una saludable confianza en sus recursos.

En cuanto hacedor de ficciones, Cardona Peña fue uno de los primeros y todavía pocos narradores costarricenses que se apartó del realismo y exploró la fantasía, en colecciones como Cuentos de magia, de misterio y de horror (1966), Fábula contada (1972), Los ojos del cíclope (1980). Sin embargo, fue su obra lírica la que le dio temprana fama y que se recuerda con persistencia; se destacan tres o cuatro poemarios sobre el conjunto, apenas es posible mencionar algunos nombres y apuntar que es mucho lo que falta: su primer poemario El mundo que tú eres (1944), Los jardines amantes (1952), Cosecha mayor (1964), Anillos en el tiempo (1980). Con una antología de sus poemas ganó el Premio Nacional de Campeche en México, en 1983.

En su lírica, Cardona Peña participó con sus coetáneos de una renovación del lenguaje, combinó con acierto lo retórico y no retórico, la palabra florida con la salida coloquial, sencilla. En sus primeros poemarios se aproximó directamente a los temas por los que todo poeta ha de pasar: el amor y la muerte; sin embargo, conforme fue encontrando una escritura personal, pudo hacer algo extraordinario con cualquier evento cotidiano, con la aparición de un nuevo libro, con el recuerdo de su padre, con la memoria de Marilyn Monroe.

Aunque abandonó Costa Rica poco más que adolescente, este “poeta de felices emociones y de felices palabras”, al decir de Alfonso Reyes, vivió con nostalgia su residencia lejos de la patria. Cada año visitaba el país para ver a su familia, revisar cómo andaban sus libros que por aquí se publicaban y dar una o dos conferencias.

Al morir el 1° de febrero de 1995, estaba escrito en su testamento que quería ser enterrado en Costa Rica, en el Cementerio General, al lado de su madre. Nuestro poeta, quien dijo que la patria “acaso sea la infancia subiendo por los días”.

“La patria del poema está en el sueño del niño sin edad que en todos danza”.

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Puñales de cera

Se ha descubierto que una abeja asesina fue la primera en inaugurar un mueso de figuras de cera. Apuñalaba a sus compañeras y luego revestía el cuerpo de las víctimas con el material de trabajo de la comunidad. Un día invitó a la abeja reina a visitar sus espléndidas colecciones, y la reina sufrió tal impresión al ver a sus súbditas convertidas en estatuas, que condenó a la criminal a morir y renacer en una mujer morbosa. La sentencia se cumplió en París a mediados del siglo XVIII, cuando nació una niña que tenía inquietud de abeja y coqueteaba con lo horripilante. Con el tiempo, esta niña se convertiría en la famosa madame Tusad, que inauguró, a fines de septiembre de 1849, un flamante Museo de Figuras de Cera. Y no son cuentos: afirman que por las noches, las ensangrentadas figuras de madame (las de la cámara de horrores) producen un rumor semejante al que emite el “alma de la colmena”, percibido por Mæterlinck.

Alfredo Cardona Peña
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 489

Medidas radicales

Después de asaltar el poder de la ciudad vampírica, la Junta Militar dio a conocer el siguiente edicto solemne: Primero: Queda terminantemente prohibido, bajo pena de estaca en el corazón, succionar gargantas de cadáveres recientes. Segundo: A partir de esta fecha, quedan clausurados todos los restaurantes en donde se expida, venda u ofrezca sangre de animales, como son la de todo, vaca, carnero, perro o cualquier rumiante o ser irracional.

Representantes de la “Congregación dela Sed” acudieron presurosos ala Junta, extrañados de tan drásticas y fascistas medidas, demandando por lo tanto una explicación. Se les dijo que la primera cláusula del edicto se había firmado tomando en cuenta que la grandeza de los verdaderos vampiros “consiste en chupar cuellos vivos, preferentemente de aldeanas vírgenes”, y la segunda, porque “esos establecimientos comerciales donde se consume sangre de perro y otras inmundicias, no hacen más que prohijar un detestable vegetarianismo, impropio de nuestra raza tantas veces milenaria”

Alfredo Cardona Peña
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 488

Blasfemia I

Y como Saray la maltratara Agar huyó. Anduvo errante por el desierto sin agua y sin pan. Dejó a Ismael bajo un matorral y fue a sentarse lejos para no ver morir de sed a su hijo. Entonces el ángel del Señor se presentó ante ella y le entregó dos fichas: ahí, a dos pasos de ella, estaba el refrigerador de Coca Cola.

(Génesis 21, 14-19)

Daniel Barbosa Madrigal
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 496

Lo esencial

Después de la muerte de Rabí Moshé, el de Korbin, encontrose uno de sus discípulos con Rabí Mendel, el de Kotzk.

—¿Qué era lo esencial para tu maestro? —preguntó el Zadik.

El discípulo recapacitó un momento y respondió:

—Lo que le ocupaba en ese momento, eso era lo esencial.

Del Tesoro Jasídico
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 497