El rey

Para resguardarlos de morir, el Rey ordenó a sus vasallos que cada quien se procurase uno o más alter ego completamente semejantes en vestimenta, físico y costumbres, de suerte que si la muerte viniera se desconcertase con las semejanzas y no supiera llevarse a nadie. Con esto vino a ser un reino de gentes enteramente iguales entre ellas, y si alguien de todos modos fallecía, se trataba el suceso con gran secreto para no cundir la alarma entre los vasallos, que así lo pasaban confiados de no morir jamás; pero por lo mismo se desentendían de las cosas obligadas de sus vidas. Este dulce abandono llegó a ocasionar sin embargo una grande hambre en el reino, que condujo cruelmente a los vasallos a despojarse de sus atuendos que los igualaban a devorarse unos a otros, quedando solitario el Rey, corrido por su fracaso.

Juan Aburto
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 520

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