Suavizar la sentencia

Lo había planeado todo perfectamente. Ahora, sin embargo, se encontraba prisionero. “Fínjase loco —le había aconsejado su abogado—, y así podremos suavizar la sentencia”. Y así lo había hecho. En el tribunal, frente al juez, ante la posibilidad de negar su culpabilidad, se limitó a extraviar la mirada sobre las imágenes que iba formando en su memoria (el cuerpo de su mujer, el ensangrentado cuerpo de su mujer, retorciéndose y pidiéndole perdón por su infidelidad, suplicándole), a reír incoherentemente, a balbucir palabras carentes de sentidos. Y él, al encubrirse, descubría en sí mismo una extraordinaria habilidad para engañar a los demás.

“Todos me creyeron loco —piensa ahora en su celda—, a todos los engañé y me dejaron en paz”. Y excitado, presa de una extraña expectación, se recuesta sobre la litera maloliente y enmohecida. “A todos los engañé —se repite, sintiendo el mismo cosquilleo sobre sus pies—, a todos, menos a estas malditas”; y con las manos, desesperadamente, trata de librarse de esas hormigas gigantes, monstruosas, que desde entonces ascienden por cientos a lo largo de sus piernas haciéndole saltar, correr, gritar aterrorizado (¡es ella!, ¡ella las manda!”); que ascienden incontenibles, con sus crujientes cuerpos azules salpicados por la sangre de su mujer, sobre su cuerpo maltrecho y angustiado. “A todos, menos a estas malditas”, solloza, desplomándose impotente sobre el sucio suelo de su celda.

Sergio González Salvador
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 549

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