Voló, voló y…

Pasaba aquel extranjero frente a uno de tantos bazares de Calcuta y entró, atraído por la gran cantidad de objetos de toda clase que estaban en venta. Una hermosa lámpara de aceite, de estilo antiguo como la de Aladino, atrajo sus miradas; la levantó con cuidado y, distraídamente, la frotó. Entonces la tapa de la lámpara se movió y surgió un dedo ensortijado que le llamaba; acercó la lámpara a sus ojos sumamente intrigado y una voz, casi un susurro, le dijo:

“!Oh Amo! Me has llamado y debo salir, pero si lo hago, toda esa gente que te rodea se dará cuenta de que la lámpara que sostienen tus afortunadas manos, contiene un poderoso genio y el dueño del bazar no aceptaría nunca vendértela; por lo tanto, es más sensato que vayas y disimuladamente la compres”.

Así lo hizo. Corrió a su hotel y encerrándose, frotó ansiosamente la lámpara maravillosa y un imponente genio apareció ante sus asombrados ojos, el cual, con voz solemne y autoritaria le dijo:

“Estoy autorizado a concederte un deseo, pero sólo uno: así que piensa muy bien lo que vas a pedir, porque después regresaré a la lámpara y no volveré a salir hasta dentro de un milenio”.

Y como su máximo deseo había sido volar como las águilas, pidió que le concediera un par de poderosas alas que le permitieran remontarse a las alturas, a través de las blancas nubes y vagar entre el azul del cielo. Y helo ahí, convertido en la atracción principal del zoológico de Singapur.

Amós Bustos Torres
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 547

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