Las horas deleznables

De vuelta, después de mi larga ausencia, la vi acechando mi paso en la calle y las venas se me hincharon de resentimiento.

Ella me dijo: —Necesito hablarte…

Entonces palpé levemente mis ropas y respondí: —No tengo tiempo…

Esa fue sólo una verdad a medias porque, al llegar a casa y vaciar mis bolsillos, hallé, que de las horas pasadas, aún me quedaban unos minutos sueltos

José Antonio
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 561

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La lluvia

Se habían pronosticado épocas de grandes lluvias y, efectivamente, en el momento previsto comenzó a llover.
La lluvia tenía un ritmo acostumbrado y no le prestamos demasiada atención. Nos recogimos al resguardo de su intimidad. Llamaron a la puerta, abrimos y el aspecto de nuestros amigos nos turbó.
Antes de empezar a hablar, supimos que la lluvia caía hacía arriba.

A. F. Molina
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 559

Exactitud

—¡Por las barbas de Jehová! —gruñó el anciano—. El correo anda muy mal. Acabo de recibir una carta fechada el 5 de Octubre de 1895, fecha de mi nacimiento.

—Te equivocas, querido —le contestó la anciana—. El correo de hoy en día es muy eficiente. Esa fecha corresponde al día de tu fallecimiento.

Alfredo Cardona Peña
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 555

El enmascarado

El hombre enmascarado contempló fríamente a su víctima. Lo observó detenidamente como calculando fuerzas y ventajas. Tomó el filoso cuchillo y a sangre fría dio el golpe sin importarle los testigos que mudos de espanto le miraban hacer:

¡Había iniciado su delicada operación quirúrgica!

Ricardo Fuentes Zapata
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 554

La mujer ideal

Estacionó el automóvil a la orilla de la autopista. Descendió para descansar unos instantes, pues llevaba varias horas manejando y dirigió sus miradas a aquel hermoso paraje en el que destacaba un manantial de aguas cristalinas, al cual encaminó sus pasos. Nunca se imaginó que ahí, jugueteando en el agua, iba a encontrar a aquella bellísima mujer, luciendo toda su esplendorosa, divina desnudez.

Toda su vida había buscado, en vano, una mujer así y ahora, cuando ya había perdido las esperanzas de encontrarla, inesperadamente aparecía. Ahí estaba. Exactamente igual a la mujer de sus sueños: la mujer ideal.

Se enamoró de ella, la sedujo, se casaron. Pero no fueron felices porque el no era el hombre ideal.

Amós Bustos Torres
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 550