La fuga

Intenta darle vueltas al tornillo de la carátula; resulta inútil, es la obra de un buen relojero. Regresa para escurrirse entre los engranes y espirales mecánicos. Encuentra el brazo del péndulo, se desliza por él. Alguien olvidó cerrar con llave la pequeña puerta interior, no fue difícil abrirla. Y por fin, pudo el tiempo escapar de aquel viejo reloj.

Rafael Zamora Perales.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 138

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Sombreros de copa”
ERTE

No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI

Juan Aburto

(Managua, 1918 – México, 1988)

Narrador nicaragüense que ha sido considerado por su obra como uno de los pioneros del cuento moderno. Aunque viajó por América y Europa, vivió en Managua y fue funcionario del banco nacional. Como escritor, se relacionó con autores de todas las generaciones literarias posteriores al movimiento de vanguardia (1927-1932).

Su cuentística incorpora el mundo urbano aún en estadio provinciano de la capital, enla Managuade1920 a1960. Sus héroes o antihéroes son los gerentes y empleados de bancos y los acalorados habitantes de las barriadas. Su versión del habla nacional es ciudadana, dentro de un español general.

Entre la provincia y la capital, entre la recreación de la mitología de los “cuentos de camino” y sus anticuentos infantiles, y la factura de formas breves, ingeniosas y fantásticas, se encuentra el punto de apoyo desde el cual se impulsa y manifiesta su narrativa. Entre sus obras se hallan El convivio (1975), Se alquilan cuartos (1975), Los desaparecidos (1981) y Prosa narrativa (1985). Falleció en México D.F. durante la celebración del Encuentro de Narradores Latinoamericanos.

Miedo

—La vibración de la luz, la impresión de un momento diabólico. ¡Pánico! Sí, esto es lo que el artista representa en este cuadro con rápidas pinceladas —el orador oficial seguía en su discurso rodeado de colores, artistas y críticos, sobre todo críticos de arte.

—¡Pánico! Qué sabrás de pintura —la voz provenía de la parte izquierda del salón; todos se dieron vuelta, pero ya no se veía ni escuchaba nada.

La sala estaba decorada en un exquisito gusto florentino; de las arcadas superiores pendían caireles del bajo renacimiento y más abajo aún, como una ofensa, el saco gastado y brilloso de Amadeo Polarín que permanecía sentado sobre los finos mármoles de la escalera; sus ojos trataban de romper los sobrios colores de la gente amontonada delante de su obra.

Los críticos más avezados no dejaban de elogiar la pintura de Amadeo Polarín, que seguía allí, escondido y murmurando: —Son unos miopes—

Los “entendidos”: —Es el impresionismo de principio de siglo—

Un periodista: —Lástima que no esté aquí el autor.  ¡Miren ustedes las grietas de esas paredes, los chicos corriendo con ese miedo que nos llega a nosotros!—

Un periodista de arte, del diario Clarín, agregó: —Es más espantoso que GUERNICA, por algo le dieron el primer premio—

—Fue el pintor de los últimos años que con más fidelidad interpretó el miedo en colores y formas impresionistas— dijo otro, casi gritando.

Abajo, Polarín hablaba en voz baja: —¡Qué torpes! ¡Yo justamente interpretar el miedo! Elevándola a medida que sus nervios le aumentaban la rabia. Rabia que estalló de golpe y parándose en medio del salón: —¡Pero ustedes son ciegos! —y agarrándole la mano a un periodista, prosiguió, haciéndole señalar su cuadro:

—Ustedes, expertos en arte, que vieron grietas en las paredes, miedo en la gente que no es más que el miedo de ustedes, pasaron inadvertidos los ojos de esta chica que está sobre la ventana. ¡Fíjensen, fíjensen en el celeste de esos ojos!

Nuria Pérez
No. 64, Abril – Mayo 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 563