El canto de las sirenas

A Julio Torri y

Salvador Elizondo

Cuando llegué a la isla creí que las sirenas me esperaban desde siempre. Yo, que huía de mí, de una mujer, de los días de fracaso que caían en mi sangre como la luna en el mar, buscaba perderme en la espesura de su canto. ¿La causa? —preguntarán. Fue desde aquella mañana de invierno cuando supe que el amor era un engaño de la sangre; cuando supe que la ternura o la piedad eran dos fieras inútiles en las selvas del hombre, por eso quise perderme; por eso quise escuchar su canto, que aún siendo el más dulce, el más hondo, será para mi, de todos modos, un pretexto más para la tristeza. Yo quiero oírlo, ya…

Estoy cruelmente satisfecho. Me doy cuenta que incluso en la destrucción se puede hallar la felicidad. Sonrió al recordar el pasado, aunque en esa sonrisa —no hay remedio— haya el signo de la derrota. Pero que importa, ¡bah! Me muero de tristeza y de rencor.

Miro el atardecer; los dientes blanquísimos de las olas, las nubes que empiezan a calcinar con sus dedos las ramas del horizonte. ¿Las voces? ¿Las voces? ¡No se oyen ya las voces! Grito desesperadamente. El barco pasa.

Lloroso, impotente, lo evidencio: las sirenas no cantaron para mí…

Marco Antonio Campos
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 137

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