Pesadilla

La materia viscosa me envolvía. Escuchaba mi respiración difícil como desde lejos. Olor y clamor de muchedumbre hacían más espeso el aire.

Súbitamente, una sombra intensificó la tarde sobre mi cabeza. Más por reflejo que por curiosidad me volví y miré: el minotauro blandía en alto un hacha gigantesca cuyo brillo  se sumaba al de los ojos de la bestia de cabeza negra. El universo cayó, libre, con el filo en mi dirección. Quise fundir mis párpados unos con otros.

Tuve la fatal certeza, pero logré despertar. Me sorprendí brevemente cuando noté que al terror le había faltado tiempo para llegar, mientras, en medio de un grito multitudinario, mi cabeza sangrante cayó dentro de un cesto.

Cuauhtémoc Arista Jiménez
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 155

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