De cómo asesiné a Ness

Eliot Ness y su temible grupo de policías federales, Los intocables, han sido acorralados en un viejo depósito de cervezas por los muchachos de Capone, jefe máximo de la mafia de la ciudad de Chicago.

“…Ness murió esa misma noche, con dos balazos en el pecho y uno en la cabeza. De esta manera, termina la lucha que encabezó por más de siete años, contra el gangsterismo”.

Click. Un hombre alto y de grandes espaldas apaga el televisor y se dirige al pequeño bar de la sala. Con un masticado acento siciliano, a la vez que llena su vaso old fashion, piensa en voz alta: ¡Estupendo! Esto hay que celebrarlo. Porque la idea fue mía: de Frank Nitti, de nadie más. Capone tenía que hacerme caso: comprar al guionista de la serie era la mejor forma de eliminar a Ness.

Juan Raúl Barreiro
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 176

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El faquir

Aún hoy, no consigo comprenderlo, el faquir no hizo otra cosa que pasar por sobre su cabeza el filoso alfanje para caer desmadejado como una marioneta sin hilos sobre el centro de la pista. Al principio, pensamos que su desvanecimiento era parte del espectáculo pero, cuando su inmovilidad se prolongó de manera exasperante, el público se levantó  de sus asientos, y miró con desconcierto el inerte cuerpo del faquir. Una ola de murmullos se abatió sobre mí, sumiéndome en la confusión, hasta que los gritos de alguien pidiendo un médico me hicieron salir de mi estupor. Me abrí paso entre la gente y revisé al faquir, nada se podía hacer: estaba muerto. Mientras las últimas personas  que quedaban en la carpa terminaban de salir, llegó una ambulancia y se llevaron el cuerpo. Yo quedé en el centro de la pista, conmocionado, me parecía absurdo que un hombre pudiera morir así, tan de repente, y esa oscura y común posibilidad me estremecía. Aturdido, pensé que lo mejor sería abandonar aquel lugar. Estaba por salir, cuando advertí que el alfanje con el que realizara su acto el faquir, había quedado en el suelo, junto a mis pies. Me incliné para recogerlo y observé cuidadosamente su sinuosa hoja, pasé despacio mis dedos sobre su filo y un estremecimiento me asaltó. No podía verla, pero esa maraña de hilos invisibles estaba ahí, enredándose entre mis manos ensangrentadas.

Fernando Ruiz Granados
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 175

Robert Burton

Roberto Burton nació en Lindley, Leicestershire (Inglaterra) el 8 de febrero de 1576. Estudió en el colegio Brazen Nose y se distinguió particularmente en las disciplinas filosóficas. En 1599 se incorporó al personal docente del colegio anexo ala Christ Chufch (iglesia de Cristo) y contó con la protección del doctor Juan Bancroft, más tarde obispo de Oxford, ciudad donde pasó casi toda su vida.

En 1618 se le designó vicario de Santo Tomás, suburbio de Oxford, y veinte años después lord Berkeley lo favoreció con el nombramiento de rector de la parroquia de Seagrave, cargo que aceptó en las postrimerías de su vida tras de oponer serios reparos.

Lector ávido, pudo documentarse ampliamente para escribir su obra maestra sobre la melancolía, que dedicó al nombrado lord Berkeley, gracias a los libros que le facilitara Juan Rouse, funciona/rio dela Biblioteca Bodleianade Oxford. Latinista consumado y conocedor también del griego, llegó a poseer una cultura vastísima, sin dejar de pagar tributo a ciertas artes supersticiosas, entre ellas la astrología judiciaria, en la que tuvo fe ciega.

Enfermo de melancolía, se dedicó tenazmente al estudio de su propia enfermedad y dícese que compuso su voluminosa obra como un medio de procurar lenitivo a su padecimiento. En vida del autor (Democritus Júnior, según se llamaba a sí mismo) vieron la luz cinco ediciones, todas en folio, con varias modificaciones; queda, como edición ne varietur o definitiva, la sexta (1651-1652), reimpresa muchas veces.

El famoso libro ha valido al autor el renombre de Montaigne inglés, y ha influido indudablemente en la formación del estilo de grandes literatos ingleses, como Milton, Johnson, Sterne, Byron, Lamb, etc.

Burton compuso en latín la comedia Philosophaster, estrenada en el colegio de Christ Church en 1616. Dialogan en ella los pedantes y charlatanes de una supuesta universidad española.

Falleció en 1639 y fué enterrado con solemnes exequias. Un epitafio expresa que consagró su vida al estudio de la melancolía y murió a causa de la misma afección:

Paucis notus, paucioribus ignotus,
Hic jacet Democritus junior
Cui vitam dedit et mortem
Melancholia.[1]


[1] Tomado de Burton, Robert, Anatomía de la melancolía (Selección). Buenos Aires, Espasa-Calpe (Colección austral), Versión digital, 1947, pp. 4-5.

Demonios terrestres

Los demonios terrestres son los lares, genios, faunos, sátiros, dríadas, y hamadríadas, hadas, etcétera, que cuanto más frecuentan el trato de los hombres tanto mayores daños les causan. Piensan algunos que eran los únicos espíritus que tenían los paganos de la antigüedad y por eso les erigieron numerosos templos e ídolos. A la misma categoría pertenecían el Dragón de los filisteos, Bel entre los babilonios, Astarté entre los sidonios, al Baal de los samaritanos, los dioses Isis y Osiris de los egipcios, etcétera. Algunos incluyen aquí a las haras y los duendes adorados en tiempos remotos con excesiva fe supersticiosa y a los que se atribuían actos beneficiosos; así se decía que barrían las casas, limpiaban de hollín las chimeneas, purificaban el agua de los pozos, hacían apetitosos los manjares y otras cosas por el estilo. En consecuencia no debían ser ahuyentados y se creía que dejaban dinero en los zapatos y que de ellos dependía el tener suerte en cualquier empresa. Son éstos los que danzan sobre el césped y entre brezos, como suponen Lavater, Tritemio y Olaf Magnus.

Robert Burton
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 173

La muerte del verdugo

Aquel verdugo había ejecutado a cientos. Ya nadie se sorprendía. Qué tiempos, qué época. La guillotina hecha institución.

El era perfectamente conocido, aquel su cuerpo robusto, aquellos sus movimientos inequívocos. La capucha, mero formulismo; más nunca un reproche, en su contra, ningún resentimiento, que supiera.

Andando el tiempo, sin embargo, encontró en muchos de sus paisanos ojos como sin brillo, como que se iban quedando secos.

Pero siguió consagrado a su oficio, celo y rigurosidad impecables en cada acto.

Y así que a fin de época supo en justicia corresponder. Anunció su propia ejecución, por supuesto a manos de él mismo. Nadie mejor. Y lo hizo.

No obstante, rompió con la ortodoxia. Tuvo el inevitable impulso de mirar a la concurrencia, la navaja ya en vuelo. Y entonces la muerte vino antes, de muchas miradas sin brillo, ya secas.

Fernando Antonio Aguilar M.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 170