El faquir

Aún hoy, no consigo comprenderlo, el faquir no hizo otra cosa que pasar por sobre su cabeza el filoso alfanje para caer desmadejado como una marioneta sin hilos sobre el centro de la pista. Al principio, pensamos que su desvanecimiento era parte del espectáculo pero, cuando su inmovilidad se prolongó de manera exasperante, el público se levantó  de sus asientos, y miró con desconcierto el inerte cuerpo del faquir. Una ola de murmullos se abatió sobre mí, sumiéndome en la confusión, hasta que los gritos de alguien pidiendo un médico me hicieron salir de mi estupor. Me abrí paso entre la gente y revisé al faquir, nada se podía hacer: estaba muerto. Mientras las últimas personas  que quedaban en la carpa terminaban de salir, llegó una ambulancia y se llevaron el cuerpo. Yo quedé en el centro de la pista, conmocionado, me parecía absurdo que un hombre pudiera morir así, tan de repente, y esa oscura y común posibilidad me estremecía. Aturdido, pensé que lo mejor sería abandonar aquel lugar. Estaba por salir, cuando advertí que el alfanje con el que realizara su acto el faquir, había quedado en el suelo, junto a mis pies. Me incliné para recogerlo y observé cuidadosamente su sinuosa hoja, pasé despacio mis dedos sobre su filo y un estremecimiento me asaltó. No podía verla, pero esa maraña de hilos invisibles estaba ahí, enredándose entre mis manos ensangrentadas.

Fernando Ruiz Granados
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 175

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