La muerte del verdugo

Aquel verdugo había ejecutado a cientos. Ya nadie se sorprendía. Qué tiempos, qué época. La guillotina hecha institución.

El era perfectamente conocido, aquel su cuerpo robusto, aquellos sus movimientos inequívocos. La capucha, mero formulismo; más nunca un reproche, en su contra, ningún resentimiento, que supiera.

Andando el tiempo, sin embargo, encontró en muchos de sus paisanos ojos como sin brillo, como que se iban quedando secos.

Pero siguió consagrado a su oficio, celo y rigurosidad impecables en cada acto.

Y así que a fin de época supo en justicia corresponder. Anunció su propia ejecución, por supuesto a manos de él mismo. Nadie mejor. Y lo hizo.

No obstante, rompió con la ortodoxia. Tuvo el inevitable impulso de mirar a la concurrencia, la navaja ya en vuelo. Y entonces la muerte vino antes, de muchas miradas sin brillo, ya secas.

Fernando Antonio Aguilar M.
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 170

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