Se suplica a los vampiros no pasar

Desde que tenía memoria recordaba haber temido a los vampiros, con un miedo si se quiere irracional y que se hizo obsesivo. Así que investigaba todo lo que podía para protegerse con hechizos y amuletos.

Vivía rodeada de ventanas enrejadas, sarta de ajos; estacas de madera y hasta llegó a conseguirse un arma con balas de plata.

Se negó a casarse, rechazando magníficos partidos, por pequeños detalles que le parecieron sospechosos. Investigaba a todas las personas que llegaban a avecindarse en la región y las casas que por algún motivo pudieran resultar desconfiables. Incluso inspeccionaba el panteón comprobando que todas las tumbas estuvieran intactas.

Después de soportarlo por años, resultó que un día ya no pudo con el olor de los ajos y mandó que los quitaran. A cambio tomó otras precauciones; dejó de hacer y recibir visitas, despidió al servicio. Más tarde, empezó a dormir de día y a velar de noche, pero aún siendo diurno, su sueño no resultaba tranquilo. Decidió al fin dormir en un cómodo ataúd para burlar a los vampiros.

María Soledad Arellano
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 185

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Lujuria

Me incliné sobre ella. Dormía. Iba yo dispuesto al beso, moviéndome con artes de sutileza. Entonces, inexplicablemente, despertó. Sin duda me llegó, rectilínea, su mirada envuelta en la ternura del sueño, porque no pude evitar sentirme como quien es sorprendido en el acto vergonzante de abrir una caja fuerte.

Guillermo Farber
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 183

El vecino y el viajero

“Fíjese bien”, dijo el vecino. “Este mercado es el más grande del mundo.”

“Creo que no”, dijo el viajero.

“Quizá no sea el más grande del mundo, pero es el mejor”, dijo el vecino.

“Creo que usted está equivocado”, dijo el viajero. “Lo puedo asegurar.”

Esa misma tarde lo enterraron.

Robert Louis Stevenson
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 182

Bajo la lluvia

Te lo digo, así no vas a ir a ninguna parte, husmeando en el calabozo, poniendo la mano sobre la frialdad de las piedras del muro. Queriendo escribir sin perturbaciones, disculpe usted el lugar común.

Te lo dije, pendejo.

La tarde se iniciaba con perros tranquilos mirando a la gente que pasa platicando tranquilamente.

Ascendiendo por el tobogán de seda retornando a lugares lejanos con una memoria que navega en la pluma. Azul y negro y blanco al mismo tiempo, violetas y el sol hizo claras las ramas esta tarde, perdonen el lugar común, al que corresponde un sentido común. Por las noches visitaba el bosque y las estatuas, el color de los sueños olvidados, la regia reja custodiada por los leones, por las noches los paseos interminables en el metro, mirando una por una las caras de las gentes, atado al mundo como un barco submarino que viajaba. Arriba el agua más agua sosteniendo los cuerpos y llegando resuelta y amorosamente a las playas, arriba estaba la ciudad de México. El temblor de la tierra, la estabilidad del peso, la violencia, la ceguera y todo lo que uno es capaz de mirar si no mueve a la dama y a la torre, si no recuerda la portada de los cerillos clásicos de lujo, si no comienza a caminar sin pedir permiso primero.

Javier Molina
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 179