Lujuria

Me incliné sobre ella. Dormía. Iba yo dispuesto al beso, moviéndome con artes de sutileza. Entonces, inexplicablemente, despertó. Sin duda me llegó, rectilínea, su mirada envuelta en la ternura del sueño, porque no pude evitar sentirme como quien es sorprendido en el acto vergonzante de abrir una caja fuerte.

Guillermo Farber
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 183

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