Yo soy

No recordaba ni padres ni abuelos, no recordaba quién era; y sin embargo me recordaba desde siempre. Muchísimas veces tuve la fatal certeza de serlo todo: tal idea me aterrorizó y me sentí muy solo. Otras, no menos horribles y desesperantes, supe que lo sabía todo y el comprobarlo me angustió y me lamenté de mi pobre destino. Que hago, me dije. Qué es y para qué mi existencia, me volví a decir. En definitiva, me sentí inútil.

Entonces hice y deshice lo que quise: todo lo pude. Probé infinitas cosas: siempre me fue igual, pues todo lo pude. Me creí un loco, un demente. Otras veces creí estar soñando y me consolé diciéndome que simple y llanamente dirigía yo mismo mi sueño y que eso lo explicaba todo. Tampoco faltó la vez que me creí producto de un soñador, de una mente perversa. ¡Qué no conjeturé!

Per cuando llegaron los hombres y se postraron ante mí, supe quien era: Yo soy Dios.

Vicente Muñoz Aguilar
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 138

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron (Bolivia, 1950)

Es escritor, cineasta, fotógrafo y ejerce como especialista en comunicación para el desarrollo. Primero los estudios y luego el trabajo lo llevaron a viajar por Europa, América, Asia, África y Oceanía durante los últimos 25 años.

Ha vivido en España, Francia, Nicaragua, México, Burkina Faso, Nigeria, Haití y Guatemala. Ha dirigido más de diez películas documentales y publicado 16 libros de ensayos, cuento y poesía. Su testimonio La máscara del gorila obtuvo en 1982 el Premio Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes en México. Es autor de la primera Historia del Cine en Bolivia (1983) y de un estudio biográfico: Luis Espinal y el Cine(1986). Varias de sus obras han sido publicadas en francés y en inglés: Bolivie (1981), Les Cinemas d’Amérique Latine (1981) y Popular theatre(1995). Sus cuatro libros de poesía son: Antología del asco (1979), Razones técnicas (1980), Sobras completas (1984) y Sentímetros (1990).[1]

Ratón sin biblioteca

No le hubiera gustado que sus amigos lo tomaran por un ratón de biblioteca. Compraba los libros a ocultas, los escondía debajo del sobretodo gris mientras recorría las calles del barrio. En cualquier rincón solitario se ponía a leer, siquiera una página, dos páginas. Devoraba así varios libros al día. Iba arrancando las hojas a medida que las leía, acelerando el calendario. Con la mano las estrujaba antes de introducírselas en la boca. Sentía poco a poco formarse la pasta de Bond de90 gramos, el bolo amargo del papel periódico de las ediciones baratas. Tragaba con dificultad la carátula impresa en cartulina cáscara de huevo, saboreando la mezcla de colores. No tenía más biblioteca que la que había pasado por su estómago.

Alfonso Gumucio Dagron
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 133

A través de Clodomira

En la intimidad de su cuarto, donde la vergüenza era menos y solitaria, la pequeña y fea Clodomira comenzó a desabrocharse la blusa hasta descubrir totalmente la diminuta llanura de piel blanca de seis años donde dos puntitos más obscuros y borrosos planeaban su adolescencia lejana.

La niña estiró la piel hacia el pezoncito izquierdo y de un mordisco feroz y forzado amputó el futuro promisorio de sus senos.

Masticó suavemente mientras la sangre le resbalaba por el rostro y por el pecho, hasta saborear la totalidad de su repentino deseo sexual demasiado anticipado.

La sangre que le iba cayendo entre la piel y la ropa y luego se hundía goteando en un pozo sin fondo estremeciéndola toda, le llamó la atención; y Clodomira —aún insatisfecha su curiosidad genética— empezó a escarbar entre los pliegues de la pollera y de la enagua hasta alcanzar la piel húmeda con sus deditos sucios, y bajó hacia la intersección de los muslos donde encontró un huequito pequeño, liso como la boca de un bebé, y palpó, palpó en vano buscando un vello que aún no había brotado, y entonces con rabia hundió las uñas es esos labios de seda virgen, inocentes e inexplorados, y lloró. Lloró con toda su alma como si tuviera cien años, desconsoladoramente frustrada.

De repente, sintió un chistido y alzó la vista ahogada en lágrimas saladas, y ahí, en el espejo, lo vio al ogro desdentado y bruto que se superponía con su propia imagen y la llamaba babeando.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el ser diminuto y deforme de un solo ojo.

—Alicia —mintió Clodomira.

Y así entró al País de las Maravillas

José Marcelo del Castillo
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 132