Anatole France

Anatole France (Francia, 1844-1924) fue novelista, ensayista y crítico literario. Su verdadero nombre era Jacques Anatole Thibault. Desde muy niño, Anatole sintió pasión invencible por los libros, y se pasaba leyendo por los rincones de la librería de viejo, establecida en el Quai Malaquais. Estudió el bachillerato sin gran brillantez en el Colegio Stanislas, de París. Después no se decidió por otros estudios. Su única vocación era la literatura.

En 1874 empezó a frecuentar algunas tertulias literarias, entre ellas la del grupo llamado Parnasse, y a escribir poemas y narraciones llenas de encanto y de ironía. En 1873 publicó sus Poèmes dorés, al gusto parnasiano, y nutridos de gracia y agudeza. En varios periódicos aparecieron sus primeras notas críticas, que llamaron la atención por su agudeza implacable, y que luego reunió en un volumen con el título de Le génie latin. Sin embargo, ya en 1859 había aparecido su primer libro: La légende de Sainte-Radegonde, que pasó inadvertido. Por esta época adoptó el seudónimo “Anatole France”. En 1868 dio a conocer otras dos obras suyas: Le valer de madame la duchesse y Alfred de Vigny. En 1876 publicó Les noces corintiennes, poemas hábiles de forma y bellos de fondo, transparentes y sencillos, que fueron los últimos versos que Anatole dio a conocer. En 1879 apareció su primer ensayo novelesco: Jocaste et le chat maigre, obra exquisita de humorismo y de estilo, de intención muy honda. Y en 1881, la academia Francesa premió su segunda novela: Le crime de Sylvestre Bonnard.

En 1895 fue nombrado oficial de la Legiónde Honor. Y en 1896, miembro de la Academia Francesa.A partir de 1887 ocupó en Le Temps el puesto de crítico literario de había dejado Clariete. En 1921 le fue otorgado el Premio Nobel.[1]


[1] Tomado de Sainz de Robles, F. C., Ensayo de un Diccionario de la Literatura III. Madrid, Aguilar, 1972.

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Amor erudito

“Acababa de ordenarme y pensaba conseguir mucho renombre en las letras; pero una mujer dio al traste con mis esperanzas. Llamábase Nicolasa Pigoreau, y era dueña de una librería, La biblia de oro, en la plaza, frente a mi colegio. Yo frecuentaba la librería donde hojeaba constantemente los libros que la dueña recibía de Holanda, así como las ediciones bipánticas, ilustradas con notas, glosas y comentarios muy eruditos. Yo era muy agradable, y por mi desgracia no dejó de inadvertirlo aquella señora. Había sido bella y aún conservaba cierto atractivo. Sus ojos eran parleros. Un día los Cicerón y los Tito Livios, los Platón y los Aristóteles, Tucídides, Polibio y Varrón, Epicteto, Séneca, Boecio y Casiodoro, Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Plauto y Terencio… arrastrando consigo a Ferri, Lenain, Godefroy, Mezeray, Mainbourg, Fabricius, el padre Lelong y el padre Pitou, todos los poetas, todos los oradores, todos los historiadores, todos los padres, todos los doctores, todos los teólogos, todos los humanistas, todos los compiladores alineados en las estanterías  de aquel establecimiento fueron testigos de nuestras caricias.

—No juzgues muy severamente mi debilidad —me dijo la señora, mientras manifestaba su amor en inconcebibles ansias.

Mi fortuna se prolongó hasta que me vi desbancado por un oficial”.

Anatole France en “El figón de la reina Pantoja”
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 139

Ana María Shua

Ana María Shua (Argentina, 1951) es profesora en letras por la UNBA y trabajó como publicitaria, periodista y guionista de cine. A los 16 años publicó su primer libro de poemas El sol y yo. Sus novelas Soy paciente (1980, Premio Losada) y Los amores de Laurita (publicada también en Alemania) fueron llevadas al cine. Sus obras de ficción incluyen libros de cuentos y minificción: Viajando se conoce gente, Los días de pesca , y tres libros de relatos brevísimos: La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos, Como una buena madre, Temporada de fantasmas, Cazadores de letras, Fenómenos de circo. En el género de humor ha publicado El Marido Argentino Promedio y Risas y emociones de la cocina Judía. Es autora de varios títulos infantiles, entre los que se destaca La fábrica del terror. Algunos de sus cuentos han sido incluidos en antologías publicadas en Canadá, Estados Unidos, Italia, Holanda, España, México e Inglaterra. Es autora también del ensayo Libros prohibidos. En 1993 obtuvo la Beca Guggenheim para terminar su novela El Libro de los Recuerdos.[1]

Shua nos cuenta: “A los seis años alguien me puso en las manos un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día siguiente ninguna otra cosa me interesaba. Quería mi pienso, preferiblemente con avena y un establo con heno limpio y seco. Nunca antes había escuchado las palabras pienso, avena, heno, pero sabía que como caballo necesitaba entenderlas. Durante una semana pude haber sido Black Beauty pero fui Azabache, en una traducción inteligente y libre. Fui caballo de tiro y caballo de alquiler, recibí latigazos, estuve a punto de morir, fui rescatado… y llegué a la última página. Entonces, con terrible dolor, volví a mi cuerpo y levanté la cabeza: el resto del mundo todavía estaba allí. ‘Deja eso que te va a hacer mal’, decía mi madre. ‘No se lee en la mesa’, decía mi padre. Entonces descubrí que podía volver a empezar. Y otra vez fui Azabache y otra vez y otra vez. Después descubrí que podía ser un pirata y muchos, y la ciudad de Maracaibo y ser hombre, manatí, horror o piedra. Lo que acababa de empezar en mi vida no era un hábito: era una adicción, una pasión, una locura”.[2]


[1] Tomado de Shua, A. M., Los amores de Laurita. Buenos Aires, Sudamericana, 1995. y de http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Mar%C3%ADa_Shua

[2] “Confieso que he leído”, publicado en Benjamín —Boletín de ALIJA—, N° 21, diciembre de 1999.