Los sueños de la Bella Durmiente

Cien años llevaba la Bella de crear infinitas fantasías, de obsesas visiones, de acariciar hasta el último rincón de su cuerpo al son de lúbricos compases, de lascivas mortificaciones e inquietantes deseos propios de la adolescente. Sin embargo, inmaculada durante todo ese siglo, sin conocer más contacto que el de sus ajadas sábanas, se incorporó sobresaltada ante la extraña sensación de un beso, que el Príncipe brindaba —delicadamente— a la rosa virgen de su sexo.

Y no fueron felices… Florimundo ni aún con su mejor empeño logró devolver a la Bella alguno de sus ilimitados orgasmos que sigilosamente tejiera durante el encantamiento.

Armando Murad
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 154

Walter Benjamin

Walter Benjamin (Alemania, 1892 – España, 1940) fue filósofo y crítico literario. Estrecho colaborador de la Escuela de Frankfurt —a la que sin embargo nunca estuvo directamente asociado—, adaptó su temprana vocación por el misticismo al materialismo histórico, al que se volcó en sus últimos años, aportando una visión única en la filosofía marxista. Como erudito literario, se caracterizó por sus traducciones de Marcel Proust y Charles Baudelaire. Su ensayo La labor del traductor es uno de los textos teóricos más célebres y respetados sobre la actividad literaria de la traducción.

Benjamin mantuvo una extensa correspondencia con Theodor Adorno y con Bertolt Brecht y ocasionalmente recibió financiación de la Escuela de Frankfurt bajo la dirección de Theodor Adorno y Max Horkheimer. Las influencias competitivas del marxismo de Brecht (en menor medida la teoría crítica de Adorno) y el misticismo judío de su amigo Gershom Scholem fueron centrales en el trabajo de Benjamin, aunque nunca logró resolver sus diferencias completamente. Las Tesis sobre la filosofía de la historia, uno de los últimos textos de Benjamin, fue lo más cercano a tal síntesis, que junto con los ensayos La obra de arte en la era de su reproducción técnica y Para una crítica de la violencia, son sus textos más leídos.

Según algunos comentaristas, Benjamin se suicidó en la población catalana de Portbou, en la frontera hispano-francesa, mientras intentaba escapar de los nazis, aunque no se tienen pruebas de que realmente fuera un suicidio, ya que se estaba administrando morfina, y los médicos que lo atendieron supusieron que un exceso del narcótico pudo haber acabado con su vida.[1]

Bibliografía (traducciones en lengua española): Ensayos escogidos, Ed. Sur, Buenos Aires, 1967. Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos, Monte Avila, Montevideo, 1971. Angelus Novus, Edhasa, Barcelona 1971. Iluminaciones, Taurus, 3 vols. Madrid.1971-1975. Discursos interrumpidos, Taurus, Madrid.1973. Reflexiones sobre niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educación, Nueva Visión, Buenos Aires, 1974. Haschisch, Taurus, 1974. Para una crítica de la violencia, Edhasa, Madrid, 1977. Infancia en Berlín hacia 1900, Madrid, Alfaguara, 1982. Para una crítica de la violencia, Premia, México, 1982. Dirección única, Alfaguara, Madrid, 1987. Correspondencia 1933-1940 WB/G.Scholem, Taurus, Madrid, 1987.Diario de Moscú, Taurus, Madrid, 1988. Berlín demónico, Icaria, Barcelona, 1988. Escritos, Nueva Visión, Buenos Aires, 1990. El origen del drama barroco alemán, Taurus, Madrid.1991. Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, Madrid, 1991.La metafísica de la juventud, Paidós, Barcelona, 1993.Escritos autobiográficos, Alianza Editorial, Madrid.1996. Dos ensayos sobre Goethe, Gedisa, Barcelona.1996.[2]

Potemkin


Se cuenta: Potemkin sufría de depresiones recurrentes, a intervalos regulares, durante las cuales nadie se le podía acercar, y la entrada a su estancia se hallaba severamente prohibida. En la corte no se hablaba nunca de esa enfermedad, sobre todo porque se sabía que cualquier comentario sobre ella desagradaba a la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller duró en forma particular. Provocó serios inconvenientes; en los despachos se acumulaban documentos que no podían seguir su curso sin la firma de Potemkin y respecto a los cuales la zarina reclamaba decisiones. Los altos funcionarios no sabían que hacer. En estas circunstancias el pequeño e insignificante copista Shuvalkin llegó por azar a las antecámaras ministeriales donde los consejeros se hallaban reunidos como de costumbre para llorar y lamentarse. “¿Qué ocurre, excelencias? ¿En qué puedo servir a vuestras excelencias?”, preguntó el solícito Shuvalkin. Le explicaron la situación, lamentándose de no poder valerse de sus servicios. “Si es sólo eso, mis señores —respondió Shuvalkin—, les ruego que me den los documentos”. Los consejeros, que no tenían nada que perder, accedieron a su pedido, y Shuvalkin, con el fajo de documentos bajo el brazo, se dirigió a través de galerías y corredores hasta el dormitorio de Potemkin. Sin llamar a la puerta ni detenerse, puso la mano en el picaporte. El cuarto no estaba cerrado. En la penumbra Potenkin se hallaba sentado en la cama, envuelto en una bata gastada, royéndose las uñas. Shuvalkin se acercó al escritorio, mojó la pluma en el tintero, y, sin decir palabra, tomó un documento al azar, lo colocó sobre las rodillas de Potemkin y le puso la lapicera en la mano. Tras echar una mirada ausente al intruso, Potemkin firmó como en un sueño; luego firmó otro documento y luego todos. Cuando tuvo el la mano el último documento, Shuvalkin se alejó si ceremonias, tal como había llegado, con su dossier bajo el brazo. Con los documentos en alto, en un gesto de triunfo, Shuvalkin entró en la antecámara. Los consejeros se le precipitaron al encuentro, sacándole los papeles de las manos. Conteniendo la respiración, se inclinaron sobre los documentos; ninguno dijo una palabra; permanecieron como petrificados. Nuevamente Shuvalkin se acercó a ellos, nuevamente se informó con solicitud de la causa de su consternación. Entonces también sus ojos vieron la firma. Un documento tras otro estaba firmado Shuvalkin, Shuvalkin, Shuvalkin…
Walter Benjamin
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 151

Amazona

Kycuka bi ki buegman es Givenchy y el olor alza las aletas de sus leves naricillas en la tienda de antigüedades donde se acurrucan los objetos art nouveau y un elefante blanco de marfil, tan grande, que Lucila lo monta recubierta de sedas persas y lo cabalga como si fuera la consagración de los velos, mientras abre sus pechos erguidos a todas las delicias que desearían sus clientes ocasionales. Lucila tiene, también, un corazón puñeteado en cobre que es dúctil a sus caprichos. Cuando cabalga no se distingue dónde principia y dónde termina el marfil o si Lucila es una incrustación móvil en el elefante.

Florencio Sánchez Cámara
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 150

Los Brownies

Son hombrecitos serviciales de color pardo, del cual han tomado su nombre. Suelen visitar las granjas de escocia y durante el sueño de la familia, colaboran en las tareas domésticas. Uno de los cuentos de Grimm refiere un hecho análogo.

El ilustre escritor Robert Louis Stevenson afirmó que había adiestrado a sus Brownies en el oficio literario. Cuando soñaba, éstos le sugerían temas fantásticos; por ejemplo, la extraña transformación del doctor Jekill en el diabólico señor Hyde, y aquel episodio de Olalla en el cual, un joven, de una antigua casa española, muerde la mano de su hermana.

Jorge Luis Borges
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 149