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Kycuka bi ki buegman es Givenchy y el olor alza las aletas de sus leves naricillas en la tienda de antigüedades donde se acurrucan los objetos art nouveau y un elefante blanco de marfil, tan grande, que Lucila lo monta recubierta de sedas persas y lo cabalga como si fuera la consagración de los velos, mientras abre sus pechos erguidos a todas las delicias que desearían sus clientes ocasionales. Lucila tiene, también, un corazón puñeteado en cobre que es dúctil a sus caprichos. Cuando cabalga no se distingue dónde principia y dónde termina el marfil o si Lucila es una incrustación móvil en el elefante.

Florencio Sánchez Cámara
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 150

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