Los sueños de la Bella Durmiente

Cien años llevaba la Bella de crear infinitas fantasías, de obsesas visiones, de acariciar hasta el último rincón de su cuerpo al son de lúbricos compases, de lascivas mortificaciones e inquietantes deseos propios de la adolescente. Sin embargo, inmaculada durante todo ese siglo, sin conocer más contacto que el de sus ajadas sábanas, se incorporó sobresaltada ante la extraña sensación de un beso, que el Príncipe brindaba —delicadamente— a la rosa virgen de su sexo.

Y no fueron felices… Florimundo ni aún con su mejor empeño logró devolver a la Bella alguno de sus ilimitados orgasmos que sigilosamente tejiera durante el encantamiento.

Armando Murad
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 154

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