Eminentemente científico

Un pescador sacó de una laguna un pez raro y misterioso no clasificado aún por la ictiología, de inmensa belleza y que afortunadamente logró conservar vivo.

Primero causó sensación en el pueblo. La noticia pronto corrió, y de diversos lugares llegaron especialistas interesados en adquirir, o al menos estudiar el  raro ejemplar. Finalmente lo adquirió una firma americana para un conocido acuario.

El pez, sin nombre aún, fue sometido a estudios de científicos de diversas disciplinas.

Un zoológico lo definió como Artísticus Aquas.

Un ictiólogo dijo que era un simple C. Ornatissimus muy desarrollado.

Un neuropsiquiatra aseguró que no era sino una idea fantástica extraída de la laguna mental de un genio.

Gustavo Meza
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 156

La condesa

Con el “gracias” del taxero concluye la noche. Y todavía en la acera sin nadie saco la llave de la casa. Pero antes de abrir observo la calle solitaria, las casas dormidas, la creciente claridad y ciertos indicios indicadores de que el día será esplendoroso. Después entro y los zapatos quedan aquí, el saco acá, la camisa más allá, desconecto el teléfono, pongo el despertador, pienso en Olga unos instantes, los ojos se me cierran y pesadamente salgo de las cosas. Sin embargo, antes de perder totalmente la conciencia me digo: “¡Nuestra vida es algo tan estúpido!” Y como una terrible manera de protesta resuelvo n despertar más. Pero súbitamente me percato de que los dueños de diarios ganarían mucho si me durmiera para siempre. Y para frustrarlos renuncio a mi propósito y simplemente cierro los ojos como todo el mundo, convencido de que a la noche despertaré descansado y dispuesto a repetir las mismas tonterías (mis chistes apolillados, en el miserable escenario del viejo cabaret) delante de las mismas caras inexpresivas y ebrias. Pero entonces me asalta el temor de que, contra mi deseo, por fatalidad y coincidencia, no pueda despertar; o si no, el mundo se resquebraja mientras duermo; o bien un malhechor incendia mi casa. Y totalmente aterrorizado por estas posibilidades, salto de la cama, corro a la ventana y grito: “¡No, no!”, queriendo que todo el barrio acuda a tranquilizarme, a decirme que alguien velará mi sueño, que nadie incendiará mi casa. Pero mi voz se pierde en la luz desierta, como si no quedara nadie, como si me hubieran condenado a gritar en vano por toda la eternidad, con la sola compañía de ese zopilote aliextendido que asolea su cuerpo repugnante en lo alto de un edificio.

Dimas Lidio Pitty
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 145

El jurado

“Me los había bebido”, se dijo. Y apuñaló la frase con un suspiro. Abandonó el burdel, desalentado. Andaba ganoso, pero no era “la nueva” la mujer que buscaba. Y las otras se habían ocupado. Estaba buena la condenada. Si no fuera por esos ojos, cómo la hubiera gozado.

La vio acercarse, sinuosa. Y sintió caerle encima, como dos chorros de ajenjo, una mirada llena de promesas y esas cosas. Se estremeció hasta el fondo. Y allá abajo le brincó todito. No dijo nada, puso su tosca mano sobre el hombro de “la nueva”, como agradeciéndole el envite. Y se fue del bule, desalentado. Más que eso. Atolondrado por aquellos ojos de ajenjo, líquidos y calientes.

“Me los habría bebido. Seguro que me los habría bebido”, se repitió, con escalofríos en la voz. El pobre estaba “jurado”.

Eduardo Fernández López
(Martín Galas Jr.)
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 154

Raices

“¿Dónde está tu jardín?”, le preguntaron una vez sus padres cuando era chica. “No sé, por ahí debe estar, o tal vez lo perdí”, les contestó. Ya no recuerda si la regañaron por su descuido y sólo sabe que estuvo triste durante muchas horas o días, quizá meses.

El caso es que creció y fue a la escuela, trabajó muchos años en una oficina, leyó, viajó, quiso y dejó de querer, se admiraba de todo o casi todo, a veces se aburría, llegó a sentirse sola, tenía muchos amigos, soñaba paisajes interiores, manejaba su auto con cuidado. Escribía en sus ratos de ocio, que eran muchos, acerca de todo lo que no le sucedía, por lo tanto escribía sin cesar. Por un tiempo creyó que lo que buscaba era un camino, luego pensó sucesivamente que era a Dios, el Amor, la verdad, un hombre, un hogar, la libertad.

En esas andaba, confusa pero contenta, cuando se casó. Es muy feliz. Ahora busca cosas más concretas: criadas, recetas de cocina, tratamientos de belleza, electricistas, jardineros, tintorerías buenas.

No se había vuelto a acordar de él, ni siquiera cuando había reminiscencias de su infancia o cuando le enseñaba a su marido su álbum de fotos de aquella época. Y una noche que regresaba de comprar el pan, al alzar la vista, vislumbró su jardín perdido en el fondo inmediato de una hermosa noche estrellada. Allí estaba, como un puerto. Al mismo tiempo verde, azuloso, dorado, ocre y sepia, pasado de moda, familiar y querido, dulce dolorosa impalpable realidad hecha visión. En un instante lo aprehendió, lo hizo suyo nuevamente y lo conservó, húmedo y susurrante, en la tibieza de su interior.

Esa noche intentó comunicar su hallazgo a su marido pero al rato de estar conversando con él se le olvidó. Había pequeñeces tan importantes que discutir. Al día siguiente no recordaba qué es lo que tenía que contarle a su marido: un sueño, un presentimiento, una mentira. Dejó de pensar en ello y se puso a hacer cuentas: esa quincena le había sobrado dinero, se sentía contenta, con la piel tensa, como si tuviera el cuerpo lleno de canciones de protesta y pinturas abstractas. A los nueve meses tuvo un hijo.

Ana F. Aguilar
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 147