Raices

“¿Dónde está tu jardín?”, le preguntaron una vez sus padres cuando era chica. “No sé, por ahí debe estar, o tal vez lo perdí”, les contestó. Ya no recuerda si la regañaron por su descuido y sólo sabe que estuvo triste durante muchas horas o días, quizá meses.

El caso es que creció y fue a la escuela, trabajó muchos años en una oficina, leyó, viajó, quiso y dejó de querer, se admiraba de todo o casi todo, a veces se aburría, llegó a sentirse sola, tenía muchos amigos, soñaba paisajes interiores, manejaba su auto con cuidado. Escribía en sus ratos de ocio, que eran muchos, acerca de todo lo que no le sucedía, por lo tanto escribía sin cesar. Por un tiempo creyó que lo que buscaba era un camino, luego pensó sucesivamente que era a Dios, el Amor, la verdad, un hombre, un hogar, la libertad.

En esas andaba, confusa pero contenta, cuando se casó. Es muy feliz. Ahora busca cosas más concretas: criadas, recetas de cocina, tratamientos de belleza, electricistas, jardineros, tintorerías buenas.

No se había vuelto a acordar de él, ni siquiera cuando había reminiscencias de su infancia o cuando le enseñaba a su marido su álbum de fotos de aquella época. Y una noche que regresaba de comprar el pan, al alzar la vista, vislumbró su jardín perdido en el fondo inmediato de una hermosa noche estrellada. Allí estaba, como un puerto. Al mismo tiempo verde, azuloso, dorado, ocre y sepia, pasado de moda, familiar y querido, dulce dolorosa impalpable realidad hecha visión. En un instante lo aprehendió, lo hizo suyo nuevamente y lo conservó, húmedo y susurrante, en la tibieza de su interior.

Esa noche intentó comunicar su hallazgo a su marido pero al rato de estar conversando con él se le olvidó. Había pequeñeces tan importantes que discutir. Al día siguiente no recordaba qué es lo que tenía que contarle a su marido: un sueño, un presentimiento, una mentira. Dejó de pensar en ello y se puso a hacer cuentas: esa quincena le había sobrado dinero, se sentía contenta, con la piel tensa, como si tuviera el cuerpo lleno de canciones de protesta y pinturas abstractas. A los nueve meses tuvo un hijo.

Ana F. Aguilar
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 147

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