Reflejos

Existió una vez una joven atormentada y sola que habitaba la torre más alta de un castillo abandonado y que señoreaba el valle más hermoso y fértil de un país lejano.

Había perdido cuenta de los días, porque una vez comprendió que el sol que salía todas las mañanas y se ponía al atardecer, lo hacía con la intención perversa de mofarse de su angustia, dándole la esperanza se un nuevo día. Desde entonces tapió las seis ventanas de su habitación circular y permaneció indiferente al tiempo y fiel a su angustia.

Contaba con dos enormes espejos rectangulares, del tamaño de una puerta, que había colocado, uno frente al otro, para pararse enmedio de ellos con su pequeño candil y acompañarse con la incansable repetición de su propia imagen y de la luz del candil. Estando en esa posición, y sumida en sus reflexiones, sintiose repentinamente poseedora de la verdad. La supo, la comprendió y la tuvo al alcance de la mano. Corrió entonces hacia su empolvado escritorio, sacó un cuaderno grueso, una pluma y un tintero y se puso a escribir un cuento mágico sobre una joven solitaria que había encontrado la verdad, y que tomaba un cuaderno grueso, una pluma y un tintero y se ponía a escribir. Y que cuando llevaba escrita una hoja, se ponía a llorar, y que lloraba y lloraba y lloraba. Y que sus lágrimas iban cayendo sobre del cuaderno, y que lo inundaban, y que las palabras escritas se lavaban y que al final sólo quedaba un manchón azul muy claro. En este punto de su escritura la releyó, le dio mucha risa su ocurrencia, y rió y rió y rió. Rió con tantas ganas que se le humedecieron los ojos y decidió verse en los espejos, porque no sabía como podía verse su cada sonriente. Pero lo que vio la sorprendió y la hizo dejar de reír: un enorme pasillo que se extendía más allá de donde la vista comenzaba a hacerse borrosa, un interminable pasillo vacío.

M. V. Busquets
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 197

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La petición

Después de muchos años de haberla hecho, su petición fue finalmente aceptada. Hasta entonces supo que previamente habría de permanecer enclaustrado un tiempo más o menos largo.

Súbitamente fue tomando de los pies y arrastrado hacia fuera, donde por unos instantes quedó suspendido en el aire cabeza abajo, envolviéndolo una luz cegadora. Por la espalda, sorpresivamente, recibió un golpe fortísimo que le hizo lanzar un prolongado alarido que remató en sollozos; acababa de nacer.

Jorge R. Dixon Neri
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 196

El botón

Al bajarse del coche algo se bajó con ella y rodó debajo.

—¿Qué es? —preguntó él.

—Un botón…

Sintió un escalofrío, por su mente desfiló la hilera de botones azules del vestido de su secretaria. Reaccionó de inmediato:

—Ha de ser tuyo, vidita…

—Desde luego… ¿De quién más podría ser?

Estiró la mano para poner en marcha el motor.

Ella abrió su bolso y guardó el botón nacarado de una camisa de hombre.

Porfirio López Saldaña
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 192

Autofagia

Todo comenzó aquella tarde cuando la señorita X tuvo un pequeño disgusto con su novio, insensiblemente se llevó el dedo pulgar a la boca, comiéndose esa pequeña parte indolora del reborde de la uña. Posteriormente, ante un problema mayor, se engulló un dedo, una mano, un brazo, etc., hasta que un día, víctima de gran depresión nerviosa y en horripilante orgía de sangre, practicó una autofagia total.

Salvador Salas Ceniceros
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 185

Cuento

No la encontró esta mañana al despertar. ¡Qué inmenso le pareció el lecho, con la mitad vacía! Era la segunda vez que lo abandonaba, ¿por qué? El silencio le pesaba como un fardo y la soledad echaba hacia delante sus hombros; se asomó al cuarto contiguo, y ahí la encontró, blandamente recostada en el sofá. Alzó la cabeza y lo miró con ojos interrogantes; pero su resentimiento era demasiado grande para decirle una palabra, un reproche. El la miró triste y largamente y con el mismo silencio en los labios y en el corazón, fue a preparar el café, su café cotidiano y reconfortante, que bebió lentamente con el alma y el cuerpo encogidos. Nuevamente volvió hacia donde estaba y la contempló: ahora dormía plácidamente, sin la menor inquietud, ni la menor preocupación. ¡Cómo le lastimó su indiferencia! Empezó a sentir un hueco dentro de su ser, que se iba agrandando por momentos, hasta no caberle en el cuerpo. ¿Por qué lo rehuía? ¿Por qué había pasado la noche en la otra estancia, cuando siempre al entregarse al sueño en dulce y apacible refugio, se comunicaban mutuamente su calor, después de un día de fatiga? Pero no; no le hablaría, no le diría nada, se marcharía a su trabajo calladamente; de alguna manera tenía que hacerle sentir su resentimiento; el pecho se le hundía y las imágenes temblaron ante sus ojos deformadas por sus lágrimas. ¡No le hacía falta a ella, no le hacía falta a nadie! Se dirigió hacia la puerta, mas se contuvo: ¿y si no era tan culpable? Tal vez había sido un capricho, un femenino capricho como tantos otros. No ignoraba su nerviosismo. Se tornaba quebradiza y a veces era casi temeraria. ¿Cómo podía saber qué sombra había pasado por su cerebro, obligándola a alejarse; o acaso inconscientemente la había ofendido? ¿Por qué no comprenderla? Se volvió a acariciarla. Entonces ella movió su cola y tímidamente lamió sus manos.

Ana María Espinosa Monteverde
No. 40, Enero-Febrero 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 181