Yo Pantera


A Rafael

Hoy bajé de la montaña. Ya no siento la cólera a intervalos. Mi sangre es una oleada de furia permanente. No me moví con prisa, caminé lentamente por todas las veredas, por todos los caminos. Decidí divertirme. Gastar mis energías con bromas inocentes.

Penetré en las iglesias, y gruñí entre las sombras de los confesionarios. Destrocé los altares. En los parques, rompí las esculturas labradas en el mármol. Después me fui a la casa de los grandes actores, los de las plataformas, los de los estandartes, los que usan las palabras cambiando los sentidos. Revolví los papeles cargados de secretos, y quemé los archivos. Puse especial cuidado en destrozar la silla del actor principal, después rompí las otras, las de los partiquinos. Más tarde fui a la bolsa y dispersé en el aire todos los mecanismos de comprar y vender, de subir y bajar. Después me he revolcado sobre las dalias sembradas en los prados, he comido violetas y también mariposas, y he bebido la sangre de los pájaros.

Me he echado a descansar. Desde aquí escucho el afilar de lanzas, el rumor de tambores, y veo de vez en cuando centellear los cuchillos, pero ya no estoy tensa, me he afilado las uñas por costumbre. Me desperezo. Lamo mi piel del polvo, y tumbada en un techo de pétalos marchitos, espero.

Sé que algún cazador furtivo atravesará mi costado. Y sé que mi sangre, derramándose en perezosos hilos, brillará bajo el sol.

Emma Teresa Armendáriz
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 535

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