El voto


¿Qué recuerdo de mi padre quedará más fijo en mi mente? Cierta vez intentó acabar conmigo, presa de una rabia incontenible por un plato de garbanzos que me negué a comer. Lo intenté varias veces, pero terminé vomitando. Con los años aquella situación se ha convertido para mí en algo afectuoso y entrañable. Nunca le he dado motivos para sentirse orgulloso de mí. Y, sin embargo, me quiere. Lo supe el día que se lo llevaron, en una camilla, a la sala de operaciones quirúrgicas. Estaba en juego su vida y había tanto miedo a la muerte en aquellos ojos, tanta ternura contenida hacia mí, que quise formular un voto solemne en cuanto desapareció tras las puertas del largo corredor del hospital. ¿Pero qué podía prometer yo? Limosnas, vestir un hábito color violeta, caminar descalzo, o de rodillas, un kilómetro…, ¡diez kilómetros!, quemarme con una cerilla el dedo meñique… ¿Cuántos segundos soportaría el dolor? Mucho tiempo debió transcurrir enfrascado en esos argumentos. Una mano colocada con dulzura en el hombro, la del cirujano, vino a resolver todas mis dudas: “Siento comunicarle que su padre ha muerto.”

Alfonso Ibarrola
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 551

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht (Alemania, 1898 – 1956) fue dramaturgo, ensayista y poeta, creador del teatro épico. Nació en Augsburg. En 1922 le fue concedido el codiciado Premio Kleist. En 1933 tuvo que huir de Alemania, a causa de su oposición al nazismo. En Rusia, con Lion Feutchwagner y Willi Bredel, editó la revista antinazi Das Wort. En 1941 marchó a los Estados Unidos. Obras: Trommeln in der Stüde; Vatermord; Ostpolzug; Dreigroschenoper; Leben Eduard des Zweiten von England; Mann ist Mann; Die Heilige Johanna der Schlachthöfe; Dreigroschernroman; Mother; Hauspostille; Lieder, Gedichte und Chöre; Svendborger Gedichte, etc.[1]


[1] Sainz de Robles, F. C., Ensayo de un Diccionario de la Literatura III. Madrid, Aguilar, 1972.

Servicios entre amigos


Para dar un ejemplo lo más elocuente posible de cómo prestar un buen servicio a un amigo, el señor K. relató la siguiente historia: “Tres muchachos fueron a consultar su caso a un viejo árabe:

—Nuestro padre ha muerto —le dijeron—. Nos ha dejado diecisiete camellos y ha dispuesto en su testamento que el mayor se quede con la mitad; el segundo, con un tercio, y el menor, con un noveno del total de camellos. Ahora, sin embargo, no podemos ponernos de acuerdo sobre la división. ¡Decide tú por nosotros!

El árabe meditó y luego dijo:

—Por lo que veo, para poder dividir bien, os falta un camello. Yo no tengo más que un camello, pero está a vuestra disposición. Tomadlo, haced la división y traedme lo que os sobre.

Agradecieron los jóvenes el servicio prestado y se llevaron el camello. Entonces dividieron los dieciocho camellos que había en total de tal modo que al mayor le correspondieron nueve, es decir, la mitad; al segundo, seis, es decir, el equivalente de un tercio, y al tercero, dos: la novena parte según lo dispuesto. Cuando cada uno hubo retirado su parte, se encontraron con que sobraba un camello. Con renovada gratitud devolvieron los tres hermanos el animal a su anciano amigo”.

El señor K. calificó aquel acto de auténtico servicio entre amigos, puesto que no había exigido ningún sacrificio especial.

Bertolt Brecht
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 549

A las seis

“Imaginar no es necesariamente crear”

Albert Camus

Recargado en un poste y con los brazos cruzados veía pasar la gente que recorría veloz su camino. Miró su reloj de pulsera: eran seis menos nueve minutos. Ella y él solían encontrarse en esa esquina; habían resuelto hacerlo así, pues rodeados de gente, autos, perros y postes, sentían que todo se volvía legal. “Todo se volvía legal…” Eso había sucedido hacía bastante tiempo, sin embargo esta era la cuarta ocasión en que él la esperaba en el mismo sitio de siempre, y también era la cuarta ocasión en que sabía que ella no iría a la cita. Las seis menos tres minutos. El deseaba que ella llegara. Le hubiera gustado verla corriendo entre la gente, apresurándose por llegar a tiempo; vestida con pantalones de mezclilla y camisa vaquera; los cabellos agitados por el viento, la sonrisa fresca en sus labios… Pero no. Ella no volvería más. Miró su reloj: eran las seis menos un minuto. En ese momento recordó que habían olvidado decir el acostumbrado adiós la última vez. Su reloj marcaba las seis menos ocho segundos… siete… seis… cinco… cuatro… tres…

José Luis Romero Camarena
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 543