El voto


¿Qué recuerdo de mi padre quedará más fijo en mi mente? Cierta vez intentó acabar conmigo, presa de una rabia incontenible por un plato de garbanzos que me negué a comer. Lo intenté varias veces, pero terminé vomitando. Con los años aquella situación se ha convertido para mí en algo afectuoso y entrañable. Nunca le he dado motivos para sentirse orgulloso de mí. Y, sin embargo, me quiere. Lo supe el día que se lo llevaron, en una camilla, a la sala de operaciones quirúrgicas. Estaba en juego su vida y había tanto miedo a la muerte en aquellos ojos, tanta ternura contenida hacia mí, que quise formular un voto solemne en cuanto desapareció tras las puertas del largo corredor del hospital. ¿Pero qué podía prometer yo? Limosnas, vestir un hábito color violeta, caminar descalzo, o de rodillas, un kilómetro…, ¡diez kilómetros!, quemarme con una cerilla el dedo meñique… ¿Cuántos segundos soportaría el dolor? Mucho tiempo debió transcurrir enfrascado en esos argumentos. Una mano colocada con dulzura en el hombro, la del cirujano, vino a resolver todas mis dudas: “Siento comunicarle que su padre ha muerto.”

Alfonso Ibarrola
No. 85, Enero-Febrero 1981
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 551

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s