Rosalía se encuentra confundida, también Rodolfo.

Expone José Antonio:

—Duffy alberga inconscientes motivos sobre todo cuando los incidentes se producen en forma podríamos decir casi-contraria, ¿no es así?

Rodolfo:

—Creo empezar a comprenderte aunque atendiendo a la verdad debo decir que lo que expresas llega a ser captado por mí en una medida imposible de tomarse en cuenta.

Llueve. La navegación submarina queda suspendida y se da la orden de proceder a la eliminación de los intentos aéreos que hubieran estado programados. Así, los dos amigos interrumpen absolutamente todas sus transmisiones (¿se oye bien?), mientras que Rosalía parece meditar en el interior de un submundo más bien embebido de los elementos comunes al primitivismo —próximo a olvidarse— y por lo mismo separa las ropas transparentes, adheridas, arrancándolas centímetro a centímetro. Después, se cubre como conviene, al acercarse José Antonio y Rodolfo en sendos aparatos, poco más que imperceptibles con objeto de no ser atrapados por las autoridades, y considera si Duffy es un inconsciente.

—No, no él mismo, haz un esfuerzo, se trata de los motivos que alberga —le aclara José Antonio, y lo hace con amabilidad, aplicando algunas virtudes interiores. Rodolfo alcanza, entonces, un estado de absortez casi completo.

Manuel Capetillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 513

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De caelo et inferno


Los hombres de Eneldos (todos los ancianos del Norte), versados en el temor divino, afirmaban que se requería una intensa preparación piadosa para llegar al Paraíso, porque ahí todo es Distinto y Terminado y Puro. Un hombre sin preparación que llegara a estar en él —descartando que quisiera encontrar seres eternos, voces de luz, lugares infinitos, vírgenes que vez tras vez renueven su sangre limpia, suave— encontraría que cada movimiento de las cosas, cada línea del mar o de la arena, cada ruido del viento o de la noche, desaparecen ante cosas por completo desconocidas, privadas de un sentido o referencia humana, cuya sola presencia, perfecta, indescifrable, haría que ese hombre muriese de silencio, de sed, de miedo principalmente, de un terrible medio y bien podría tomar al Paraíso por el Infierno. Gregorio de Niza impugnaba la pobre visión de este mundo.

Carlos Montemayor
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 511

Recuerdo


Llegaría a pensarte así más tarde: un cráneo incompleto, adivinado a través de las estrías de luz que formarían tu rostro. Líneas que rodean las cuencas de los ojos, la nariz, la boca, lo que de ellas queda. Líneas ondulantes en los hombros, huidizas en el cuello.

Llegaría a pensar en ti como en una silueta proyectada sobre los barrotes de una reja. Sombra incompleta, hecha de mi parcial recuerdo.

Porque sólo me dejaste un sobre azul, lleno de voces, que yo leí bajo el sol.

Así te vas.

Guardaría en mis manos el calor y la humedad de las tuyas.

Pero el eje de tu cuerpo sería duro, negro, y las estrías continuarían a todo lo largo, frías e inmóviles. Como si nadaras en el mar iluminado por la luz de un faro.

¿Te lo imaginas? Una imagen tuya hecha de rayas, de espejos largos, de gotas infinitas. Recorrería con mis manos los intersticios, las hundiría en ellos. Mientras tanto, tu carne se me iría olvidando: su color, su perfume, su tristeza.

Porque una caja de madera me dejaste.

Te recobraría cuando la luz y la sombra se hicieran una: los barrotes desaparecerán, mis dedos se posarán en ti.

Cuando emerjas de tu día y tu noche y yo pueda mojar mi piel en tu mar. Soltarás el miedo que llevas entre los dientes, para tomar este beso.

A recordarte así he llegado: cráneo curvo, semiluminado: los ojos vacíos, la cara estriada de luces y sombras.

Irene Prieto
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 508

Receta casera


Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como las moscas en la miel.

Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidando de que lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.

El espejo mágico puede improvisarse fácilmente, profundizando en la tina del baño. Como todas son unas narcisas, se inclinarán irresistiblemente hacia el abismo doméstico.

Usted puede entonces ahogarlas a placer o salpimentarlas al gusto.

Juan José Arreola
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 507