Recuerdo


Llegaría a pensarte así más tarde: un cráneo incompleto, adivinado a través de las estrías de luz que formarían tu rostro. Líneas que rodean las cuencas de los ojos, la nariz, la boca, lo que de ellas queda. Líneas ondulantes en los hombros, huidizas en el cuello.

Llegaría a pensar en ti como en una silueta proyectada sobre los barrotes de una reja. Sombra incompleta, hecha de mi parcial recuerdo.

Porque sólo me dejaste un sobre azul, lleno de voces, que yo leí bajo el sol.

Así te vas.

Guardaría en mis manos el calor y la humedad de las tuyas.

Pero el eje de tu cuerpo sería duro, negro, y las estrías continuarían a todo lo largo, frías e inmóviles. Como si nadaras en el mar iluminado por la luz de un faro.

¿Te lo imaginas? Una imagen tuya hecha de rayas, de espejos largos, de gotas infinitas. Recorrería con mis manos los intersticios, las hundiría en ellos. Mientras tanto, tu carne se me iría olvidando: su color, su perfume, su tristeza.

Porque una caja de madera me dejaste.

Te recobraría cuando la luz y la sombra se hicieran una: los barrotes desaparecerán, mis dedos se posarán en ti.

Cuando emerjas de tu día y tu noche y yo pueda mojar mi piel en tu mar. Soltarás el miedo que llevas entre los dientes, para tomar este beso.

A recordarte así he llegado: cráneo curvo, semiluminado: los ojos vacíos, la cara estriada de luces y sombras.

Irene Prieto
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 508

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