El día perdido

Hoy fui a devolverle su paraguas a una amiga de por mi rumbo, no estaba, lo dejé con su sirvienta pero ésta no me reconoció, lo tomó de mis manos con desconfianza y vio a través de mí como si yo fuera transparente, me eché a caminar por la calle desconocida y familiar, dos, tres cuadras, luego una a la derecha, cruzo la avenida y doy vuelta a la izquierda pero allí no está mi casa, son la calle y los árboles de siempre, los mismos perros, el mismo aire, tal vez ya no sea la misma, sigo caminando y paso frente a la casa que no es mi casa, todo se ve en orden, el tapete del baño se seca en la ventana, llego al parque, lo atravieso, alguien me llama y volteo, es una vecina que se equivocó y se disculpa sonriente y apenada, Ana había dicho y ese es mi nombre, la conozco, vamos a la misma clase de cocina. Entro a la tienda de la esquina para comprar una lata de chícharos y salgo con una cajetilla de Raleigh, no me entendieron. Extiendo mis manos y la luz del sol hace brillar mi argolla de matrimonio, hago el intento pero no puedo recordar a mi marido, tan lindo y tanto que lo quiero, todavía esta mañana, a la hora del desayuno… es inútil, mejor sigo caminando. Definitivamente hoy no soy yo.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 515

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