La prostituta

El cigarro se apagó entre sus dedos tensos y melancólicos. La prostituta sacudió los recuerdos que la aligaban a la virginidad, a los días miserables y solitarios de parir rezos y contar miedos. Sonrió con la conformidad de los vencidos y los ojos miserables y violados mil veces relataron historias llenas de tristeza y odio. Fúnebres cuentos para niños malvados.

Recorrió la noche en busca del final, a través de mustios pasados. Sintió miedo de parecerse a la madre que jamás la besó, de tener en sus labios el sabor de otros tan bestiales como los de su padre o de merecer el amor de un hombre.

Un frío anhelo llenó su pecho, anidó en su vientre, fecundó sus manos. La navaja cortó inflexible los hilos de su vida, la sangre bañó su ropa, descendió por la calle, se mezcló con el agua y con la tierra, eternizó los núcleos de energía.

Cuando llegó el final la mujer-vacía-muñeca-rota-niña-estúpida tenía en los ojos un manantial de estrellas y en los labios una dulce y postrera identificación de dicha.

Belinda Arteaga Castillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 525

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