Los que empedraron el camino

Era una editorial de buenas costumbres, hija de una familia decente y respetable. Su único capital, heredado desde el Apocalipsis y acrecentado a través de generaciones, era inteligencia y buena voluntad. Anhelaba la paz entre los hombres —el entendimiento y la tolerancia— y eso que no era época de Navidad ni había estadistas en su staff.

Decidieron entonces organizar un Concurso. El público respondió como un solo hombre, todos, absolutamente todos los que sabían leer y escribir en ese país quisieron participar: profesionistas, hombres de negocios, amas de casa, empleados, estudiantes, obreros, maestros; los de derecha, los de izquierda, los del centro, los de arriba, los de abajo; la clase media, los ricos nuevos, los viejos pobres, el poder juvenil, los burócratas, los extranjeros; los satisfechos, los añorantes, los ofendidos, los ociosos, los ilusos, los rebeldes. Todos se pusieron a escribir y enviaron sus múltiples y variadas contribuciones al Concurso.

Simultáneamente algo inusitado empezó a acontecer en todo el país. La gente estaba menos irritable y tensa, esto saltaba a la vista en las calles, las tiendas, las oficinas públicas. Todos parecían más relajados. Y los psicólogos, psiquiatras y demás directores espirituales empezaron a quedarse solos. El servicio de correos triplicó sus turnos y las papelerías se volvieron el negocio más próspero. La gente tomó un aspecto muy curioso: se veían vacíos, limpios de inhibiciones, resentimientos, obsesiones y deseos frustrados. Las estadísticas señalaron una baja notable en los actos de violencia pública y en el ámbito privado disminuyeron a lo mínimo las reyertas conyugales y demás fricciones de índole familiar.

La editorial estaba en el apogeo de su actividad y de su gloria profesional, no importaba el trabajo y el sacrificio que esto implicara mientras así vieran colmados sus más caros anhelos espirituales. Sin embargo, una extraña descomposición empezó a hacer presa de ella. Tal parecía que todas las angustias y tensiones, recuerdos y vivencias de que se habían librado los participantes del Concurso los habían asimilado de tal modo los encargados del mismo que los hicieron suyos durante la lectura y clasificación de los trabajos. Y ahora, más que en carne en alma propia, un solitario grupo humano sufría las consecuencias; el peso fue demasiado y el flujo y reflujo de imágenes más que incontenible era insoportable. En realidad no renunciaron en masa, se los llevaron a todos a una casa en el campo. La editorial cerró el Concurso y entregó el premio, como donativo, a la Asociación Nacional de Salud Mental. Los habitantes del país se fueron olvidando del mal hábito de escribir. Y la pátina del tiempo y el polvo hicieron el resto.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

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